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··········Es curioso, pero cuando uno va a ver una peli de la época gloriosa de un género clásico, luego anda especialmente atento a lo que tiene de diferente, de fuera de la línea principal. De este western me sorprende la estructura de la historia, porque tras una especie de introducción, donde sucede el crimen que funda esta historia de muerte y venganza (como pedagógicamente nos dice la canción de cabecera, como esas entradillas de las obras antiguas que al principio de cada capítulo lo resumen), hay dos partes bien diferenciadas. La segunda es la sustancial, la más larga y la que más se corresponde con el género, pero la otra es una suerte de road movie (¿hoof movie?), en la que el héroe viaja buscando a un asesino, pero sucesivas sirenas (vaya, rudos y mal afeitados tipos usuarios de escupideras) le van contando historias que, a la vez que le acercan a su objetivo le crean uno nuevo, de modo que el que llega al rancho Notorious ya no es el que salió de Wyoming.

··········La peli tiene algunos diálogos de los buenos (“ojalá te fueras y volvieras … diez años antes”), tipo “Johnny Guitar”, aunque en menor cantidad. Me parece eficaz en el movimiento simultáneo de un buen número de personajes; es osada en el uso de escenas nocturnas, que en el cine se ven con la luz justa de la noche en el monte, pero que supongo que en televisión no se verán en absoluto; tiene alguna buena subtrama, con esos políticos corruptos retenidos en la cárcel a la espera de los resultados electorales… que lo mismo les devuelven al poder como les conducen al linchamiento, ay Grecia de mis amores; y algunos caballos hermosísimos.

··········A cambio, la mayoría de los exteriores son decorados poco trabajados. El actor principal me parece tenso e ineficiente, con rasgos a veces de cine mudo, de mirar muy avieso (bueno, también es una elección de director), y cierta falta de soltura de movimientos (hay una escena de esas de a ver quién desenfunda más rápido, en que parece más bien que tiene golondrinos), aunque funciona bastante bien en las escenas amorosas. La contraparte, un Mel Ferrer atractivo, galán, pero muy humano, muy varón asustado por lo que puede perder, y una Dietrich espectacular: con la capacidad de bajar desde las poses de cantante y femme fatale de mundo dedicada a los hombres, a esas camisas de cuadros, esa grasa en las manos, esa humanidad de sentir la duda amorosa… y saber mantener siempre un cierto glamour, una pose que no es de la actriz, sino de un personaje extraño, que se hace respetar porque ha conquistado un lugar en la sociedad distinto al que le tienen encomendado. De hecho, uno de los galanes, en un momento dado, la amenaza con devolverla a su sitio, a que vuelva a ser cantante de salón, con una especie de conciencia de hasta qué punto ese destino no era libre, pese a su contraste con la mujer sumisa haciendo café y dando hijos al vaquero (¡”uno cada agosto”!, espera él).

··········Enlaces a imdb y filmaffinity.

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