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··········Una película extraña: desmesurada, excesiva pero, realmente, una gran belleza. Veo por ahí que todo el mundo dice lo mismo: “que bonica que es”. Ahora bien, no se trata de que escena a escena resulte visualmente hermosa (que sé yo, como Koyaanisqatsi, por decir alguna preciosista), sino que lo es en conjunto, porque está entreverada de escenas bellas y porque su hilvanado es elegante, combinándolas con escenas más tranquilas, más a salvo del mal de Stendhal, apoyadas en unos diálogos a menudo florentinos y rara vez hueros.

··········Como en cualquier museo, no todo lo que se va viendo gustará a todo el mundo: esta peli empieza con un cañonazo y poco después nos sumerge en una agotadora y gritona fiesta a lo Rafaella Carrà. Pero a cada rato puede uno quedarse transido por lo que se ve pero también, y mucho, por lo que se oye: ya entre el cañonazo y la fiesta, hay un coro hermosísimo, que usa para distribuir las voces los vanos de un monumento sobre una fuente.

··········Se usa mucho de una cámara en trávelin lento y no muy largos, que es realmente una mirada de museo, y que da una sensación de caricia en las escenas. Y los diálogos tienen ese carácter pulido y a la vez acerado de la gente bien que sabe gustar y herir con la misma arma.

··········Y además, es una meditación (más un acompañamiento que una trama) sobre la edad y el cinismo. Sobre la adquisición de la conciencia de aquello en lo que hemos quedado y de qué es lo que nos queda (lo que llevamos y lo que tenemos por delante). Sobre lo que pudo haber sido y de lo que se puede tener una nostalgia falsa. Sobre lo que es cultura y lo que es sólo afectación.

··········Eso sí, son dos horas y media, y no hay tiros ni persecuciones de coches. Y habría que volverla a ver.

··········Enlaces a imdb y filmaffinity.

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