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··········El escalofriante Arno Frisch de “Funny games” es aquí un chaval de catorce años. Nuevamente una peli aparentemente tranquila, que incluye un acto de violencia repentino y terrible, que sucede hasta cierto punto fuera de campo (y ese hasta cierto punto es uno de los elementos de la trama: está filmado aunque no sea exactamente visible). Pero en cierto sentido, esta peli me parece que es más productiva en lo que te hace pensar que aquella otra.

··········Por una parte, el hecho de la intermediación de la persona con la realidad por medio de la cámara. Benny tiene las persianas de su habitación adolescentemente clausuradas, pero sus cámaras enfocan el exterior, ven lo que hay fuera, pero no es él quien se asoma. El efecto de la intermediación en la banalización de la violencia es sugerente: es la mano en el mando a distancia la que permite reproducir una y otra vez la muerte de un cerdo… o cualquier acto de agresión, real o parte de una película comercial. Y hay que tener en cuenta que es una peli de 1992, años antes de la extensión de internet. Hay a lo largo de la trama un lento aprendizaje por parte de Benny sobre qué es lo que ha sucedido, sobre el hecho de que lo sucedido está fuera de las cintas de vídeo, está guardado en el armario. Y el desarrollo de ese aprendizaje, probablemente depende de la lejanía del sistema de edición de vídeo: en Egipto puede filmar, pero apenas registra, ya no manipula ni repite.

··········Otro factor interesante es el de la peculiar anomia del chaval. La familia es rica, el chico está escolarizado, tiene amigos… Pero algo falla. Por una parte, hay algo que ha fallado previamente: la alucinante inmoralidad de los juegos de estafa piramidal de su hermana está perfectamente integrada por sus padres como un ocio razonable. Pero sobre todo, cuando el acto violento ha sucedido, la reacción –tan práctica- de los padres no es qué has hecho, sino qué hay que hacer: probablemente lo que el instinto de protección de la prole demanda, pero algo tan carente de una moral que irrumpa en el razonamiento protector (más allá de unas lagrimillas y un ligero aturdimiento de la madre), que sorprende. De hecho, hasta el chaval intuye que falta algo, que el acto crimen ha de seguirse del acto castigo. Y como el que se autoimpone en la peluquería fracasa en dar la calma, tiene que dirigirse después a otra vía mucho más destructiva para la familia. Al final, el muchacho está buscando una norma, cuando la familia está intentando olvidarla.

··········Quizás menos elegante visualmente que otras que yo haya visto de Haneke, pero sólo un poco menos. Como siempre, esa calma, ese aparente bienestar de las cosas ordenadas y limpias… atravesadas por la violencia y el desorden moral. Un sobrecogimiento camuflado.

··········Enlaces a imdb y filmaffinity.

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