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¡Aplausos en los Renoir!

No es para menos: una película preciosa, emocionante. Es verdad que parece “de las de antes”, pero no tanto por el blanco y negro o por ser casi muda, sino por la forma de contar, por los personajes, por la épica, por las emociones básicas sin retorcer ni moderar, por la música.

Los protagonistas, guapos a la manera clásica (especialmente él), parecen de verdad del cine de antes, tanto por su manera de actuar como por esos maquillajes y vestuarios perfectos, esas expresiones, incluso la forma de caminar.

La historia tal vez es la de siempre y es verdad que no tiene nada de original, pero no creo que eso importe lo más mínimo: es un placer que te vuelvan a contar esta historia de fama y fracaso, de romance en el tiempo, de dolor, ego y “renacimiento” de esta manera, con esos planos, esos carteles de cine mudo, una música perfecta. También es un poco larga, hay escenas redundantes y a veces el rtimo se resiente. Pero da igual.

Me encantan los rodajes, las pelis dentro de la peli, el ritmo un poco acelerado y los cartelones del cine mudo, la maravillosa secuencia de los ruidos que se hacen presentes, la actriz que me recuerda a la Verdú en sus mejores momentos. Y especialmente el prota, Dujardin, al que vi en “Pequeñas mentiras sin importancia” pero al que nunca habría reconocido, aquí tan elegante, clásico, guapo, tan de las fotos antíguas.

Todo el tiempo tengo la sensación de haber vuelto a los sábados de mi infancia, con mi familia, viendo películas en blanco y negro (emocionantes, bellas, intensas, apasionadas), comiendo chocolate negro, y feliz. A mí también me da por aplaudir.

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