··········Al tratarse de una obra de teatro, reforzada además por estar desarrollada en tiempo real, sin ninguna elipsis, se asumen como válidas cosas que en cine resultarían malos desarrollos del guión, como lo instantáneo de la borrachera o la incapacidad buñuelana de abandonar la vivienda.

··········Me deja la impresión de que hay más ganas de jugar (el desafío del planteamiento en tiempo real y el ir destrozando las convenciones de la buena educación en gente que hace alarde de ella) que de desarrollar verdaderamente el conflicto subyacente entre la norma y la ley del más fuerte. Pero sí que está el apunte de que todo el aparato civilizatorio que cubre, o envuelve, nuestras relaciones, no es ya que sea liviano y frágil, sino que en realidad no es una convicción, sino una convención.

··········Todo ese aparato normativo parece estar ahí más como una desiderata que como una realidad aplicable a cada acto cotidiano. En ese sentido, del desarrollo de la trama uno se queda con la idea de la utilidad del sistema penal para evitar que sean los juicios personales sobre los argumentadores los que acaben fijando el delito, la culpabilidad y la sanción.

··········La peli es simpática, corta, irónica (con los dos exteriores poniendo en su valor los hechos que pasaron y la manera de solucionarlos de los protagonistas) y se deja ver bien.

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