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··········Si algo está bien en esta peli es la construcción de una ambientación apropiada. Con el magnífico palacete, la ropa y, sobre todo, una iluminación casi virada a un verde grisáceo, se consigue que una historia de la Hungría de hoy recuerde hasta el desamparo esas pelis de Europa del este de los años cincuenta, en que todo eran desconchones, frío, hosquedad, tristeza y unos espantosos papeles pintados.

··········La referencia a Frankenstein está tan traída por los pelos que uno pensaría que no es más que una estrategia publicitaria, si no fuera porque hay una presunción de intelectualismo, que sabe que queda bien pretender que se está hablando de un mito del imaginario colectivo europeo. Pero no, engendrar un hijo siendo un muchacho y abandonarlo no tiene ninguna relación con crear vida de una manera cercana, omnipotente.

··········El protagonista es un director de cine que, como era de esperar, está interpretado por el director de la peli. La historia podría tener algún interés, pero se queda en la trama que sucede desde que el chico aparece en el casting de la película de su padre, de manera que cuando se quiere construir la relación entre ellos no hay sustancia en ninguno de los personajes (hijo y padre) como para entender el desarrollo. Mejor dibujados están la madre y la chica joven, pero ellas no pueden sostener una peli que sólo visualmente tiene algún moderado interés.

··········La inventiva traducción al castellano del título provoca una simpática metedura de pata en la hoja de público del Pequeño Cine Estudio, donde aparece una sinopsis de la peli de ese título de Richard Brooks en 1955. Menos simpático resulta que un pequeño y desviado foco azul manche una esquina de la pantalla durante toda la proyección. Al menos es barato.

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