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Siempre es una suerte poder ver películas en las que el proceso de evolución de la infancia a la “adultez” se refiere a una niña, ya que no abundan: ni siquiera en las películas españolas de Guerra Civil a través de los ojos de un niño es fácil encontrar alguna en la que los ojos sean de una niña (ahora mismo sólo se me ocurre “El laberinto del fauno”).

Y se agradece porque la forma de hacerse hombre y la de hacerse mujer es muy diferente, las situaciones, los pasos, los significados del cuerpo, etc. no tienen nada que ver en los niños y en las niñas, y de la de las niñas creo que se habla poco, se ve poco.

Y ésta es una peli muy de chicas, no porque se dirija a un público de mujeres o porque la dirija una mujer, sino porque lo que cuenta es la experiencia de crecimiento de una niña, la amistad entre niñas, la relación de una niña y su padre, la ineludible toma de conciencia del propio cuerpo como algo a proteger de la agresión, el aprendizaje del lugar de una en el mundo.

Me parece una película tierna e inteligente, a ratos algo lenta pero como es la vida sobre todo cuando eres pequeña, que parece que nunca pasa nada y de repente pasa de todo. Creo que está muy bien contado el momento (yo diría que más bien son los momentos) en los que se aprende que los padres son personas, que al final la responsable de la propia vida es una misma (en el sentido de que lo que haces o dejas de hacer tiene unas consecuencias en tu vida), la importancia de la amistad, de con quién compartes la alegría y el miedo (qué bonito final), el enamoramiento.

Muy interesante también son los ambientes paralelos de Stella y su amiga del cole (con una vida mucho más amable), y Stella y su amiga del campo (con un contexto mucho más chungo que el de ella). Y otros detalles que redondean la película, como la diferencia de las formas de pasar el tiempo, el descubrimiento de la lectura como forma de escapar y como forma de conocer y conocerse, el maltrato de los profes, el ambiente de bar y perdedores, la forma de resolver los conflictos (precisamente una niña que no los resuelve a la manera “femenina” en que se suele educar a las niñas: espera que te salven).

Es una pena que desde el primer momento sepas, viendo a una niña de once años rodeada de hombres adultos en un bar-pensión, que inevitablemente va a haber un abuso, un intento de, una situación de peligro sexual. Pero se agradece que la cosa no quede ahí como fin (y principio) de su iniciación a la vida adulta.

Lo mejor de la película es la amistad entre niñas: la manera de hacerse amigas, las risas, de lo que se habla y lo que se hace, quedarse a dormir la una en casa de la otra, cómo descubren a la familia de la otra y su extrañeza, y el descubrimiento de la propia familia como algo también particular en sus ritos, papeles, formas de estar, expectativas.

Y por último, la emoción de volver a ver a mi mejor amiga ¡con once años!.

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