Etiquetas

··········Me gusta que este tipo de películas de vidas cruzadas tengan una cierta unidad temática, más que cuando consisten en una serie de cortos entreverados. Aquí las tres historias giran en torno a la gestión de relaciones afectivas pasadas. Pero en cada una de ellas, los diferentes personajes lo hacen de diversa manera, no dando una sensación de tesis.

··········Ahora bien, para todos, ese retorno sentimental al pasado es siempre un proceso de aprendizaje y de cambio: desprenderse de una pistola y adquirir una familia, como hace el taxista bosnio; comprender que el recuerdo del niño muerto no puede ser cosificante, sino que, como su retrato, como su habitación y su ropa, puede ser alterado por el presente, y ello obliga a enfrentarse a nuevos problemas, pero también da nuevas oportunidades, como le sucede a la maestra. Pero, a su vez, la mujer de la nariz rota no sabrá desprenderse del pasado y volverá a él; y la farmacéutica se dará cuenta de que vivía ocultándose sus sentimientos del pasado y aprenderá que para poder cerrarlos tiene que vivirlos.

··········Todo ello filmado con sobriedad y corrección, sin caer en excesos dramáticos ni en diálogos mil veces repetidos. El director es el coescritor de “La trampa”, y da la misma sensación de profesionalidad que aquélla. Todas las historias en conjunto funcionan como una metáfora de la del propio país, sobre la que actúa el impulso centrípeto de la última tanda de guerras balcánicas.

··········Junto con eso, funciona también un juego de símbolos que operan pero sin protagonizar, así que la peli no es nada metafísica, pero allí están: el puente, claro, entre el viejo y el nuevo Belgrado; la pistola como polo de atracción del pasado; el coma como manera de encontrar un respiro e intentar delegar la toma de decisiones; y, claro, la emisora de radio que ha de cerrar a plazo fijo y que emite las canciones antiguas que los personajes necesitan para sentirse acompañados en su vuelta al pasado.

Anuncios