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··········Una entretenida peli de aventuras, con alguna peculiaridad concreta. La más inmediata, es que es una de las pocas peli que incumple ya desde el primero los parámetros del test de Bechdel: ni una sola mujer en la lista de personajes. Aparte de las que aparecen haciendo bulto, sólo hay una que –en forma pasiva- reciba la mirada de uno de los protas… pero sólo para que algunos varones interactúen entre sí –a mustios- a cuenta de esa mirada. Esta ausencia tiene una ventaja clara a la hora de centrarse en una temática muy concreta (el honor, la lealtad) sin que en ella influyan los enamoramientos, las hormonas o los amores.

··········Claro que solamente en teoría, porque –siendo una película completamente blanca, desprovista de toda explicitud sexual, más allá de los cuerpos poco vestidos propios del peplum– está salpimentada de momentos homoeróticos. Por una parte, por la fisicidad –digamos- con las que se filman algunas escenas (la intervención quirúrgica, por ejemplo), y por otra por el continuo juego de poder entre dos varones, que es una de las formas más sexuales de relacionarse cuando no hay homosexualidad por medio. Para acabar con una frase de despedida de la peli con similar nivel de ambigüedad de aquella con la que acaba “Casablanca”, cuando los dos varones (Renault y Rick) han quedado solos, liberados por fin de la perturbadora presencia femenina.

··········Clásica de maneras, quizás con un poco más de cercanía de cámara de lo frecuente en estas pelis, me gusta que en determinados momentos se preste a una especie de impresionismo, de visión a fogonazos, que sacrifica una detallada comprensión en beneficio de unas sensaciones atropelladas que son muy apropiadas para lo que se narra en esos momentos: el combate con los romanos usando la testud y el rito de iniciación de un pueblo picto.

··········Aparte de hermosos paisajes y de dos magníficos caballos, tiene algunos momentos curiosos como un instante-DathVader en que uno de los héroes pelea contra un enmascarado que ¿es …? También es agradable una visión de la tropa que no se corresponda con las dos habituales del cine: o tipo marines o tipo nazis. A cambio, algunos defectos: Sutherland está todo el tiempo como si estuviera de visita en el rodaje, sonriente y encantado de ver a amigos de profesión; un niño que es golpeado por un guerrero que parte a continuación en una veloz carrera, aparece después junto a él, en momento oportuno –aunque no para el chico, la verdad-; el improbable uso de taparrabos y prendas así de livianas por todo abrigo en las madrugadas neblinosas de Escocia.

··········Ya digo que es una peli de aventuras entretenida. Este tipo de producto cultural, junto con ciertas novelas, eran en mis años jóvenes una de las vías primarias y más usadas para el aprendizaje de los valores sociales y de la ideología dominante. Cierto que ahora esa función la desempeñan la música, los videojuegos (cuando hay suerte) o la telebasura (cuando no), pero aún así me parece que esta película tiene un interés ideológico indudable. En lo más superficial, se posiciona en la cómoda y peligrosa antipolítica, tan útil al sistema: los personajes positivos son aquí siempre soldados o guerreros, y los negativos los civiles que –cómo no- son cobardes, interesados y no saben nada del honor. Más en profundidad, de un lado, porque enfrenta a los personajes con un complejo juego de lealtades en que se entrecruzan al menos tres bloques de normas (social-legal, social-grupal e individual) y se hace triunfar la tercera: la lealtad a quien te salva la vida, la lealtad literalmente debida por encima de la que se ha aprendido mamando a la familia, al grupo y a la sempiterna venganza. Claro que el triunfo en la peli de esta tercera lealtad va adquiriendo una fundamentación en la amistad que no sólo se desarrolla, como es más habitual, por el vivir en común situaciones de alto riesgo, sino también por el cambio de papeles amo/esclavo que hace a cada uno más comprensibles los sentimientos del otro.

··········La otra cuestión ideológica que me interesa en esta peli se explicita en una escena, cerca del final, en que sucede una ceremonia fúnebre ritual en que ambos héroes sacrifican en el fuego el símbolo de aquello que justifica sus deberes como guerreros. Es decir, rotas ya por la dura realidad que llevan unos días viviendo, las falsas imágenes que puedan tener uno de la Roma civilizadora frente a los bárbaros salvajes, y otro de la Roma invasora frente a la libertad e independencia económica de los pueblos britanos, lo que les queda es el honor militar, el valor de la lucha en sí, lucha a muerte, sin reglas. Este elevar a categoría axiológica lo que en realidad es instrumental, la lucha en sí, crea una categoría propia de hombres, los guerreros, con una camaradería que moralmente tiene más importancia que las razones o los pueblos por quienes luchan… y sin embargo luchan a muerte. Como boxeadores sin promotores, equipos ni bolsa de dólares que llevarse, que se golpean con salvaje fiereza … y con la mutua simpatía ¿quizás cínica? con la que se reconocen entre sí aquellos que ponemos por delante, para los golpes.

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