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··········Las primeras escenas de la peli parecen dedicadas a causar una sensación de reconocimiento simpático de aquellos banales años, pero lo malo es que la historia se desliza hacia la misma banalidad. Así que se queda en peli de sofá y tarde de domingo.

··········No se puede negar la competencia en la manera de contar. Por ejemplo, la primera conversación entre alcalde y patrona, en que se nos deja ir siempre un minuto por delante –en el conocimiento de lo que ha sucedido- de lo que los personajes van revelando.

··········Pero, a cambio, cuando llega el momento de contar lo que hace el cambio de director general tan positivo, todo queda en elipsis desinteresadas. Al final, todo queda en saludar educadamente y contratar a los hijos, y de los problemas laborales enquistados ya no volveremos a saber nada.

··········Una simpática suavidad en la manera de dejar saber los temas de paternidad de los sucesivos amores del hijo diletante. La inefable permanente de Deneuve. Un vago recuerdo del “Don Camilo” de Guareschi, que tantas carcajadas le sacaba a mi padre. Y poco más.

··········Un intento de hacer una lectura historicista sobre las diversas maneras del capital (el paternalismo, la explotación más opresiva, la socialdemocracia, el neoliberalismo deslocalizador,…) quedaría un poco forzada, aunque algún rastro haya de eso. Y, a la postre, los obreros son torpes, los patrones pueden ser muy listos, y la política no es más que la elección de gestores. En fin.

··········Y una nota más. Me acordaba, viendo a Deneuve versificando con su libretita a mano mientras hace footing, de aquella otra peli reciente en la que una persona intenta aprender a encontrar la poesía, entendida como una mirada que embellece lo que se ve; y sin embargo, qué diferencia entre el intento de crecer y el de no aburrirse.

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