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··········En cualquier historia de ficción científica, uno tiende a buscar la consistencia interna de todo lo que se plantea como novedoso: si podría volar un platillo así, qué pasa con la ropa del hombre invisible, si los jugos gástricos de un alien no le queman a él mismo, … En esta peli, sin embargo, yo prescindiría de ello, porque lo primero que se nota es que tiene detrás un pequeño cuento (pequeño de tamaño solamente) de Philip K. Dick, y no un novelón que articule mucha información. Por eso, no me parece grave que haya algunas permanentes ambigüedades sobre las capacidades y los medios de la gente del Bureau.

··········A cambio, lo sustantivo de la historia tiene su altura. La gestión del destino como una labor de una instancia superior a la nuestra (pero regida por protocolos, jerarquías, oficinas similares) suele dar siempre historias divertidas o al menos curiosas. Hay quien ante esta peli recuerda “El show de Truman” –aunque el cuento de Dick es de los cincuenta-, pero a mí me sucedía que mientras le veía no me quitaba de la cabeza (¡perdonádmelo, sé que están a meses-luz!) el “Wandâfuru raifu” (“After life”) de Hirokazu Kore-Eda, que no se ha estrenado comercialmente en España (ni lo hará ya, porque es de 1998).

··········Visualmente no es gran cosa, pero a mí los dos efectos que marcan lo excepcional: los libros de los del Bureau y el juego de las puertas, me gustan y me parecen bien realizados. Todo lo demás es bastante plano.

··········Naturalmente, hay una historia de amor (que para algunos es tan necesaria en cualquier relato como la Remington), y menos molesta que otras veces, con simpáticos diálogos de flirteo, aunque, claro, se base en ese concepto de la media naranja, lo de que unos están hechos para otros y tal.

··········Esto tiene sin embargo su enjundia en esta peli, porque –al hilo de la lucha trágica del hombre con su destino- se entra un poco en la difícil conciencia que sólo a veces tenemos de qué efecto tiene nuestra relación sentimental en la vida y las posibilidades vitales de la otra parte.

··········Concededme un párrafo para la cuña anticapitalista. Esto del héroe que se alza contra su destino y, mediante una tenacidad por encima de lo racional, alguna habilidad extra (el gift que dicen ellos, que luego se pasan tres cuartos de vida buscándolo, como a la media naranja), algo de suerte ocasionalmente y el amor impepinable, se sobrepone a los deseos de los dioses, tiene ahora una funcionalidad en el imaginario colectivo de la cultura yanqui bastante diferente al héroe que se enfrenta a los deseos de los dioses en nuestras mitologías europeas. Lo que en películas como ésta es el destino (o la televisión que emite a Truman, o Matrix) no deja de ser un reflejo bastante exacto de la organización de la sociedad. Frente a ella, frente a un mecanismo ordenador y opresor que se percibe como ajeno por el común de los mortales, el héroe yanqui nunca será un sujeto colectivo, un pueblo alzado (o su vanguardia) que rompe las cadenas, antes bien, será un individuo que, a codazos, se salva él, demostrando así que existe la movilidad vertical, y que quien es un miserable proletario es porque se esfuerza poco. Pero del “american dream”, como diría León Siminiani, hablaremos en el próximo episodio.

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