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··········Una historia filmada solo aparentemente como un documental, pero que pese a su devenir callejero y su movimiento continuo, pensándolo luego se nota que cada toma está bien medida, sea mediante una planificación detalladísima e invisible, sea, más probablemente, con un montaje de selección que haya contado con mucho material para cribar.

··········Antes que nada, como aviso a navegantes, digamos que es una peli que agota. Genera un malestar continuo, como un dolor reumático. Las dos ancianas se mueven sin parar, haciendo mil tareas; llueve impenitentemente, la gente está siempre incómodamente mojada; la música (nos cupo la duda de si sería un problema del equipo de sonido de la sala) tiene una saturación que estorba al oído, aunque afortunadamente sólo la hay de vez en cuando.

··········Pero ese malestar de film reumático es completamente funcional para la historia. Al final estás hablando de la miseria de las clases populares en Manila, pero no ya desde el punto de vista de comida, ropa, cobijo, sino de elementos aún más sustantivos: si eres pobre no tienes derecho a las tristes satisfacciones que procura el código penal a quienes no están en tan mala situación.

··········Para las dos abuelas, la del finado y la del asesino, no hay un minuto de descanso para el dolor del suceso (y si lo hay, escaso, llueve y duelen las piernas), porque recaen sobre ellas las mil tareas que la muerte y la justicia traen. Siendo ambas bien pobres, toda la peli es un flujo de dinero continuo, de cálculos, de cambios, de billetes arrugados, de compraventas urgentes a bajo precio. Para, al final, concluir que no queda ya ni el derecho a construir el duelo –ahogado por las obligaciones- ni la satisfacción de la punición social del crimen. Lo que queda es seguir viviendo, seguir sosteniendo cada una su casa, seguir tirando hacia delante comidas por los dolores de la edad y la pobreza.

··········Para contar esta miseria, este abuso, esta pérdida de derechos, no se utiliza una presentación de las instituciones estatales como crueles, frías o inoperantes. De hecho, la policía tiene al sospechoso detenido al día siguiente y no ha pasado ni un mes cuando sucede el juicio. Los funcionarios son amables y educados con las ancianas, los prestamistas también, los políticos locales trafican con sus influencias para ayudar. Esto hace una película nada maniquea. Lo grave es lo que vemos, la miseria; lo grave es la conclusión final, la ausencia de derecho a la venganza penal. Pero, en el mientras tanto, la gente es amable, ayuda, transa continuamente, hay redes sociales protectoras.

··········Aún así, al menos tres veces el director mete pullitas concretas: una Administración que se dirige a los ciudadanos en el inglés del ocupante yanqui y no en su propio idioma tagalo; la escena de los dos documentalistas filmando pobres desde el tren; y la salida del palacio de justicia de las dos abuelas con los suyos, cada una por su camino, pero ambas debiendo detenerse ante los cohes blindados, de cristales opacos y con protección motera de vaya a saber qué agraciado del sistema.

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