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··········Es cierto que una película poética no tiene por qué cumplir las normas narrativas de las que no lo son, de la misma manera que un poema siempre puede ser más libre que una novela. Pero es un asunto difícil: o bien lo que cuentas sí que tiene una progresión dramática más o menos ortodoxa (aunque la narración no lo sea o utilice instrumentos que te lleguen más por lo anímico que por lo racional), o bien lo que construyes es tan poderoso en imagen o sonido que funciona como sesión hipnótica de la que sólo te libera un chasquido de dedos oculto en los títulos de crédito.

··········No digo eso porque la peli incumpla estas normas que me acabo soberanamente de inventar, sino porque parece que las incumple. En realidad el relato funciona como suceso: la pérdida de una relación humana tan importante (la de padre / hijo) que es el único asidero en una psicología casi autista; pero tengo la sensación de que algo falla, la longitud, el ritmo, la descontextualización… Aunque, si no sé explicarlo, es fácil que sea una percepción falsa.

··········En todo caso, yo lo paso muy bien. La naturaleza está muy bien filmada (sin abusar de tomas preciosistas), como la casa, los rostros. El crío (que no es uno de esos niños-ojazos que ya lo tiene todo hecho) está muy bien dirigido. Y todo fluye, pese a la extrañeza de la personalidad del pequeño.

··········Y es anímicamente reconfortante la construcción, con muy pocos diálogos, y con no muchos ratos de estar juntos en escena, de una relación paterno filial nada sensiblera, sino basada en lo esencial, en enseñar al cachorro los elementos del medio y cómo han de utilizarse para sobrevivir, hasta llegar a escasos pero luminosos momentos de complicidad.

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