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··········Un pequeño cuento hecho película. La verdad es que, aun siendo más bien corta de metraje, habría quedado aún mejor, más depurada, durando algo menos de una hora. Pero la industria tiene sus duraciones estándar y es más fácil pasarse de más que de menos, si quieres cobrar una entrada.

··········Como cuentecillo me gusta, vaya, me parece agradable. Y muestra esa faceta de la religión que tan encantadora resulta, la del acompañamiento, la solidaridad; incluso la oración –o aquello del cuerpo místico de Cristo- como algo que cumple una función social más allá de que comunique o no con un ser supremo más allá de las nubes. Tal y como están las religiones hoy día, es sosegante recordar esas otras funciones sociales de ellas, ahogadas ahora en dineros, militancias políticas, filias y fobias sexuales, imposición de morales particulares y victimismos.

··········Las cosas que a mi torpe cabeza no le funcionan, se pueden dar por compensadas con esos abedulares, esa feracidad, esas construcciones de madera y de piedra. Pero de todos modos enunciémoslas: aunque entiendo que tenga una lógica argumental que la protagonista sea alguien especialmente hosco y hasta agresivo, se desliza hacia la inverosimilitud (¿quién niega la mano a un ciego, con quien vives y trabajas?); tampoco viene a cuenta la autolisis; y, sobre todo, no se entiende –y tiene harto importancia en la trama- la repentina falta de llegada de cartas para el padre Jacob, que han estado recibiéndose con continuidad y abundancia hasta el día anterior. Hermosa y terrible representación de la demenciación senil por parte del actor.

··········Es curioso el idioma finés. Cuando lo oigo, me recuerda a aquel juego infantil de anteceder a cada sílaba de lo que quieres decir otra sílaba siempre igual (“paquiepares pajupagar paconpamipago”). Resulta difícil oirles hablar sin pensar que se trata de un código esforzadamente aprendido, y no un idioma natural. Nada, chorradas mías.

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