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··········Cuando uno va al cine a ver una peli de alguien de quien ha visto bastantes (y ha evitado, saludablemente, otra), lleva ya una actitud que, en mi caso y para este hombre, es netamente positiva. Los primeros minutos se llevan por delante esa actitud, así que digamos que al resto de la peli uno asiste en condición neutral. Y, en esa tesitura, mi impresión no es muy positiva.

··········De todo lo que compone una peli así, yo apenas me quedo con un par de cosas: una iconografía biográfica que –por nuestras edades- comparto con el director (no solamente los iconos, digamos, visuales, como los de los títulos de crédito y los detalles de la ambientación, sino también los argumentales, que vienen a ser parte del imaginario colectivo de una generación, como el accidente de caza de Franco o la ascensión de Carrero), y la entrega al exceso, la misma que puede estar detrás del gore, el no dejar que un exceso de lógica ponga freno a lo sustancial de la historia. Ésta ha de tratar –marca de la casa- sobre seres y situaciones límites. A mí eso suele interesarme, aunque creo que funciona mejor si el resto de la historia sí se atiene al sentido común. Bueno, y algunos de los secundarios, como suele pasar.

··········Pero nada más funciona para mí. Sobre todo porque me siento incapaz de seguir el carrusel de sentimientos de unos personajes a los que no consigo entender los continuos e inexplicados cambios de humor y de actitud. Todo es una confusión que deslíe () la posible potencia de la historia en una entrega a una acción que acaba siendo inagotable… y agotadora. Y el mensaje, también confuso y que no se compadece bien con lo que se cuenta, de que sólo la venganza puede reconstruir la felicidad perdida de un niño devolviéndole la risa.

·········· A v i s o . d e . i n d i s c r e c i o n e s

··········Sobre los primeros minutos, qué decir ante tamaña insensatez. Reconozco que soy poco proclive a todo lo que sea tomarse a guasa cosas que no están cerradas (y mientras sigamos teniendo las cunetas sembradas de cadáveres, o el Tribunal Supremo que tenemos, esto no tiene pinta de cerrarse), pero aún pasando porque la auténtica iconoclastia no tiene por qué respetarme como espectador, sólo la cantidad de incoherencias ya resulta desesperante: un capitán de milicianos reclutando quintas -en 1937- ¡en un circo!; un combate con los facciosos en 1937 en la estación del Norte de Madrid que se presenta como ganado por éstos; un grupo de una unidad de Líster ¡con pañuelos rojinegros al cuello!; unos máusers y pistolas de época que funcionan como armas automáticas de a 800 balas cada uno; y hasta fusilamientos realizados no contra un muro, no, ¡contra un camión cisterna!

··········Qué decir del chico que, para vengarse por el encarcelamiento de su padre, pone una bomba en el justo sitio donde está éste trabajando. O el hecho de que un oficial pasee ¡a caballo! por una mina.

··········La montaña rusa de sentimientos de los tres protagonistas es difícil de seguir, pero en algunos momentos es directamente incomprensible. Javier sale del hospital corriendo desnudo en un estado mental tal que pasa a vivir un tiempo indeterminado en el bosque alimentándose de los gamos que inopinadamente caen a un pozo que no es tal, pues bien, acto seguido –y tras morder, animalizado, a Su Excelencia- está ya maquillándose a la plancha y vistiéndose de obispo. Por no hablar de las discusiones y cambio de enemigos en la cima de la cruz de Cuelgamuros.

··········En fin, todo es un desbarajuste emocional escondido detrás de una acción que va poniéndose intensa. Citar a “La rosa púrpura de El Cairo” puede quedar bien (aunque para qué poner a Raphael si luego no va a haber continuidad de su canción o del tema de ésta; que por cierto, anda que no tiene canciones intensas Raphael y aquí –como en “Gordos”- se elige una con poca sustancia), pero la autocita del anuncio de Schweppes (aquí sin humor y citius, altus, fortius) está tan alargada que agota. La última escena parecía que abría una nueva autocita, a “Muertos de risa”, pero, loados sean los dioses, FIN.

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