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··········Durante la primera media hora, consigo convencerme de que va a ser una peli sugerente. La siguiente hora y cuarto ya no. Hay algún diálogo más o menos interesante sobre la repetición, la copia en el arte, y su valor. Aunque se esquiva decirlo así, se deja entrever que es el mercado quien asigna valor; y ese principio se aplica a lo simbolizado: también en las relaciones personales lo que importa es el valor que el comprador (el usuario) pone en el producto, y no la originalidad de éste.

··········Y lo dicho, enseguida deriva a una historia que no me interesa en absoluto sobre los problemas amorosos (¿amorosos?) de una pareja a los quince años de conocerse. Pero no es ya que el tema no me interese, es que me parece mal contado. Los personajes cambian de humor y actitud con tanta fluidez como de idioma (eso sí que resulta lucido: el uso entremezclado de tres idiomas, cambiantes a veces en cada parlamento), se mueven de aquí para allá inopinadamente, y su interactuación con el otro (y con terceros como el hijo) parece carecer de algún principio emocionalmente lógico. No es que se vaya desvelando una información que nos permita comprender la historia (más allá de una burla del guionista hacia nosotros pasado el primer rato), sino que todo me da una sensación desordenada.

··········Algo así como una peli de esas muy mal envejecidas de arte y ensayo de finales de los sesenta. Sólo que con algún detalle a la iraní (cámaras quietas, calma, fueras de campo momentáneos) y un profundo desprecio por el ambiente (un pueblito en la Toscana) que se filma como alardeando de que “no os voy a dejar ver jamás una perspectiva, un cuadro, una estatua, un paisaje, completos”.

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