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··········Sentarte y que te sorprendan al contarte una historia ya es de agradecer, pero creo que tiene bastante más interés que si fuera sólo un juguetito olvidable. En primer lugar, es visualmente potente. No tanto efectista o preciosista o esteticista como efectiva y a menudo hermosa. Pero además tiene eso que nunca explico bien sobre el “lenguaje cinematográfico”: el uso de un medio de comunicación concreto, el cine, con un lenguaje propio; no sólo narrar con imágenes o construir cuadros pictóricos animados, sino que cuando tienes la capacidad de entrar a la vez en los ojos y en los oídos de la gente, y en su percepción alterada del tiempo, puedes –si conoces bien tu oficio- usarlo todo, de manera que entres a través de una manera de contar que no es la literaria ni la plástica. Sino cine. Y ése es el lenguaje apropiado para esta historia, que mal podría ser reproducida en novela o en comic, por ejemplo.

··········En segundo lugar, me parece inteligente e interesante contar cómo funcionamos mentalmente, cómo vivimos nuestras decisiones –y nuestras consiguientes disonancias cognitivas– y sus consecuencias, cómo reconstruimos continuamente la realidad, pero no una vez sino cientos; no cronológicamente, sino anímicamente; no coherentemente, sino afectivamente. Y cómo con todo ese material somos capaces de tener una percepción de la realidad y sobre todo de nosotros mismos y nuestra actuación en aquélla que nos permita, pese al caos, vivir como si todo cuadrara, como si de la F pasáramos necesariamente a la G y como si al llover nos mojáramos. Hablar de estas cosas mediante cualquier sujeto en una circunstancia cualquiera quizás daría lugar a una película difícil, pero aquí se escoje sujeto y circunstancia apropiados: un ser humano que sí va a morir (cuando ya no está de moda hacerlo) y cuya edad afloja los mecanismos mentales de control (memoria, clasificación de los recuerdos como reales o no, ordenación temporal). Su finitud en un mundo donde ya no hay tal es la que dota de sentido la rebusca en el pasado, la recuperación de lo que ha sido la manera de pensar la realidad mientras se vivía.

··········Claro que –esto ya son mis manías- esa fijación por los enamoramientos, esa adolescente obsesión por los amores de bachillerato a mí me parece que no sería tan prioritaria en el anciano en comparación con las relaciones con los padres, o la vida laboral, o la salud, o los eventuales conflictos sociales, … Vaya, que debería haber de todo, pero en fin, desde que los obreros salieron de la fábrica es recurrente para el cine hablar de que la gente se enamora (prescindiendo de la realidad antropológica de que, tal y como es ahora ese asunto, se trata de una institución moderna y no de algo básico en el ser humano).

··········Quizás la duración sea excesiva. Realmente a mí no me cansa, pero ciertamente llega un punto en que da una sensación de circularidad sin espiral, que no se corresponde con la realidad, porque la historia sigue creciendo, pero que quizás es consecuencia de la repetición en cada tramo de abundantes elementos de los anteriores.

··········Y, bueno, las agradables cancioncillas, bastante humor (no sólo verbal, también visual y de ambientaciones) y unas abundantes citas de películas anteriores (“El show de Truman”, “Desafío total”, “2001”, …), que no me parecen traídas por los pelos, ni simples homenajes, sino muy bien integradas en la historia que se cuenta y que refuerzan lo que decía antes sobre la manera en que construimos mentalmente nuestra experiencia vital: completamente parcheada de retazos narrativos que –tan a menudo- no son nuestros sino del imaginario colectivo.

··········La película supera el test de Bechdel (aunque por muy pocos instantes).

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