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Es una suerte poder ver “Peter Pan” en un cine, con niños, y encima en el Doré: un cine en el que se abre el telón, se apagan las luces, y el techo es una bóveda de luces diminutas.

Se me hace raro ver esta película ahora, de mayor, y darte cuenta de todas esas cosas que en su momento (por suerte) no ves: lo egocéntrico, egoísta y cruel que es Peter Pan, el papel de madre universal de Wendy y la elección que deben hacer los niños (o una madre o la libertad), la competencia entre mujeres (Campanilla-Wendy) por el héroe, los complejos de Campanilla con sus caderas, los ataques depánico del pobre Capitán Garfio, que da más pena que miedo.

Y a la vez puedes volver a disfrutar de los Niños Perdidos y su total libertad, de la dignidad de la india Tigridia (que no baja la cabeza ni cuando el agua le llega por las cejas), el “Por qué decimos Auh” y el “Por donde tú vayas”, el tic-tac del cocodrilo y el graciosísimo señor Smith.

Es un gusto disfrutar de este tipo de dibujos, sin 3D ni florituras, pero tan buenos y tan expresivos, con esos colores y esos movimientos, con esas voces latinas de cuando era pequeña (“pasen la página cuando oigan la campanisha”), con esa magia.

Al salir del cine, la niña con la que fui, que tiene cuatro años, dijo: “Qué pena. Cuando sea mayor no me voy a acordar”. Puf.

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