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··········Ya sé que soy bastante pejiguero, pero es que si haces una peli de época tienes que cuidar un poco las cosas. Esta peli está llena de detalles tontos absurdos, algunos de los cuales son ucronías. Digamos las dos que recuerdo: será cierto, no lo dudo, que la prensa de 1910 tuviera mucho interés en la vida familiar de Tolstói, pero lo que no existía en esa fecha es el concepto de paparazzi y aquí se hace aparecer a unos cuantos ¡a la puerta de una finca campestre rusa, con máquinas de filmar de manivela e iluminación a base de flashes de magnesio!; hacia el final de la peli, en un campamento montado por periodistas en torno a donde está muriendo el escritor (sí, muere, se me ha escapado), hay quien teclea en una máquina de escribir apoyada en una silla, ¿es que luego lo va a remitir por telefax?, ¿en qué año sale por primera vez fuera de las redacciones la máquina de escribir?; otra más, el protagonista escribe en su diario sentado en la cama, con el cuaderno apoyado en sus muslos ¡y la pluma hacia arriba!, ¡de qué estará hecha esa tinta levitadora! Luego ya hay otras tonterías o descuidos que no tienen que ver con la época, como que haciendo viajes de dos horas entre su residencia y la de Tolstói, tras ir y volver el sol sigue en el cénit; o la alucinante escena entre los enamorados… ¡llenando dos cubos de agua en el río!; no quiero pensar cuántos viajes tendrán que hacer teniendo en cuenta la comuna en la que viven.

··········Otra cuestión que me expulsa de la película es la interpretación del jovencito protagonista. Parece de una peli para adolescentes, de esas en que el actor sigue haciendo gestos y visajes cuando se ha quedado sólo en la escena, para dejar claro que es con nosotros con quien se comunica.

··········Pero en fin, el interés de la película, que esperaba encontrar en los problemas que se generan cuando el conde Tolstói decide ser consecuente hasta el final con sus ideas políticas, se malogra un tanto. Principalmente porque se le da más interés a la persistencia de la relación amorosa entre él y la condesa, pero también porque a mí no me queda claro si el testamento deja los derechos de autor al pueblo ruso (lo que daría sentido a la posterior decisión del Senado) o simplemente los libera, en plan copyleft, como parece deducirse de alguna conversación. Tampoco me queda muy clara la idea de la comuna más allá de la escena un tanto rara de unos niños en fila para darle cada uno una flor al mismo anciano.

··········Hay otro tema que podría llamar mi atención, aunque pronto se echa a perder con la manera de contar el enamoramiento de los protagonistas jóvenes: la contradicción sólo aparente entre el principio amoroso que pretende estar por debajo de muchas de las religiones y la prohibición más o menos intensa del amor físico. Aparente sólo, porque bien saben las religiones que si algo es difícil de controlar es alguien entregado a sus propios deseos. Y las relaciones sexuales han de ser de lo primero que se formalice, ritualice y estabule, si se quiere de verdad controlar a un colectivo.

··········La película supera el test de Bechdtel.

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