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··········En el cine, como en otros campos artísticos, me producen bastante aprensión de entrada las obras que tienen a su autor, o el oficio del autor, como su contenido principal, o como el elemento que va a servir de vehículo de la historia. Así los poemas que son una poética, las pelis sobre directores de cine, las novelas sobre novelistas, … Naturalmente, hay miles de excepciones (basta recordar, en cine, el “Otto e mezzo” de Fellini o el “Stardust memories” de Allen), pero la predisposición negativa en mi ánimo existe.

··········Viene esto a cuento de que en esta historia, narrada en off por sus autores, esa centralidad del papel de éstos me parece muy apropiada, porque en realidad, es un documental que cuenta un documental no hecho, o no hecho a tiempo. El optar por no hacer una –bien difícil, como se explica- reconstrucción histórica de una vida poco documentada y narrada de una forma caótica por el protagonista, sino contar cómo se ha ido recopilando la información a lo largo de un periodo bastante dilatado, tiene una función redentora: no se llegó a tiempo de darle a Carlos Lucas la satisfacción de una peli (“están haciendo mi vida”) sobre él. Sólo una cosa más sobre esto: puestos a que los autores me vayan contando sus problemas para la elaboración de la peli, quizás un poco más de naturalidad en sus voces no habría estado mal.

··········Por lo demás, una historia interesante y bien contada. Pese a los problemas de la falta de documentación y de las peculiaridades de la manera de recordar de Lucas, puedo decir eso, interesante y bien contada, porque en realidad –diría yo- el verdadero objeto es este anciano de estos años. Lo que a mí más me gusta no es –que también- lo que se pueda aprender sobre esa vida de cómicos musicales (¡120 obras en la memoria!) malviviendo míseramente de pueblo en ciudad, sino ese señor, de una timidez al borde de lo enfermizo (y que jamás le ha incapacitado encima de un escenario), que corta sus propias frases continuamente para no molestar la atención de quien le escucha, que omite lo que debe guardar y cuenta, con vivacidad, aunque no queriendo hacer gracia, cosas sueltas que nos muestran, sobre todo, a un trabajador sin grandes satisfacciones –un premio en Peñíscola, sin pareja, ni hijos- que compensen nada. Las lágrimas en un taxi por Zaragoza, mientras suena una canción concreta, las fotos recuperadas en el sofá de la hermana (ese padre moribundo), esos fotogramas de película de boxeo (y el bocadillo y la caña posteriores), … todas esas y tantas más llamadas a algo que es nostalgia y no recuerdos: el dolor del recuerdo no está tanto en lo perdido o en la imposible repetición de lo que hubo, sino en que se recuerda desde una situación personal desolada. Qué diferencia en la manera de recordar de los miembros de esa peña baturra y la de Lucas, manteniendo el tipo –y el traje y el sombrero- entre pensiones y bares, sin desmoronarse… y sin alegría.

··········Y agradezco la manera de contarlo por un lado, por la inteligencia de detectar y usar los elementos que le dan una fuerza simbólica a la historia (la carta urgente guardada porque ya es tarde, la salida del metro –“hacer bulto” como oficio), pero sobre todo por el respeto, con un personaje con el que fácilmente podría haberse hecho algo gracioso (a la manera en que funcionaban sus papeles en los largometrajes de la gente de La Cuadrilla), y con el que se elige la naturalidad, más allá incluso de lo que podría haber sido una afectividad pegajosa.

··········Aparte de eso, claro, mis calles, la cuesta –de volver de los cines de la Plaza de España-, el Palentino, el Xares, el Sidi (que ahora es el bar de la esquina de bnbb), lo que era el Ulecia (cuántas veces habrá coincidido allí con JIBE). Y el regional exprés de nuestros viajes con bicicleta a Burgos.

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