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··········Este tipo de pelis que cuenta en paralelo historias que suceden en varios lugares del mundo, con personajes de distintas clases sociales, tienden a pasar por progresistas. En el sentido de que, al desvelar la interconexión, nos enfrenta a los beneficiarios del sistema con la realidad de que no hay inimputabilidad por desconocimiento. Esta peli tiene un par de momentos de, digamos, denuncia de esa interconexión (el balón filipino de ida y vuelta, y la inutilidad de excavar en la playa para llegar a Nueva York, ya que hay una barrera infranqueable en el núcleo) y la frase con la que acaba es tan banal (“tendremos que buscar otra asistenta, ¿no?”) que solamente cabe leerla en clave irónica.

··········Pero todo el resto de su metraje, a mí lo que me transmite es el pringoso mensaje de ‘pobrecitos los ricos, que también lloran, y tienen insomnio y se deprimen’. Hay momentos tan patéticos como aquella buñuelesca liberación del perro arrastrado bajo el carro (¿de “Viridiana”, puede ser?). O nuestro pobre héroe preguntándose si no debería hacer algo caritativo, o teniendo la alucinación de que una mujer pobre está tan encadenada como un elefante, o siendo tan auténtico que va a un bungalow en lugar de a un hotel, y compra miles de pashminas porque es tan rico y está tan enamorado… En fin, no sé. Al menos su mujer, su asistenta, el hijo de ésta son personajes más de verdad.

··········El caso es que pasa uno dos horas entretenidas, viendo a chico guapo, chica guapa, niña inteligente y manipuladora, una casa fastuosa en el Soho y una nevera tan llena que no me extraña que llamen al telepizza. Tampoco en la filmación veo nada que me llame la atención; si acaso, el extraño empleo de un poco de suspense que hace que nos pasemos las dos horas temiendo que en cualquier momento va a haber una catástrofe (que las hay, claro, pero en el mundo de los pobres no en el de nuestros sufrientes millonarios).