Etiquetas

··········Si dicen los mercados que la deuda de mi país ya no es AAA sino AA+, de esta peli habría que decir que no es serie B, sino serie CC-. Vaya cutrez.

··········Aunque de esas cosas siempre se le puede echar la culpa al dinero, los efectos especiales son bastante risibles. Esa vieja avanzando rápidamente envarada, sin articular las piernas; o su paseo por el techo; o los mordiscos en el cuello; o la plaga de moscas para la que no se ha contratado a más allá de dos docenas de ejemplares; o ya al final unas rocas en el desierto que son tan de cartón piedra como las de un peplum de los años cincuenta. Es hasta entrañable.

··········Algo similar ocurre con los actores, incapaces de tomarse en serio sus papeles. Hay un momento de esos de los malos guiones, en que un personaje tiene que explicarle a los otros –y a nosotros- en qué consiste la trama; pues bien, una chica que le escucha, y a la que acaban de decir que Dios se ha mosqueado y ha empezado el Apocalipsis (sí, como en aquella continuación de “Amanece, que no es poco”) y que su embarazo es el futuro de la humanidad (eso se olvidan de explicárnoslo), no puede evitar un ataque de risa, que, solidarios, compartimos en la sala.

··········Y qué decir de la historia: con la potencia teológica que tiene que Dios se harte de éste su juguete y decida darnos boleta y que uno de los arcángeles (o tronos, o dominaciones) decida que en vez de obedecer al Jefe y darle lo que pide, hay que darle lo que necesita (sic); la cosa queda en una angelical pelea. La verdad es que si uno quisiera descristianar a los estadounidenses, más que quitar la oración en las escuelas públicas o esas cosas que dicen los laicos, esos perversos, habría que proyectar a los chicos historias así en sus colegios. Es una banalización tal del relato religioso, que acabas teniendo un Dios que no es más que un padre un poco pesado, pejiguero y cabreado al que basta con esquivar un poquito para que no dé la lata.

··········Ya lo he comentado bastantes veces aquí: siempre me divierte la imperiosa necesidad que tienen los narradores yanquis de llevar cualquier historia a los elementos que cualquiera de ellos tiene en su casa. Si en las pelis de héroes siempre acaba apareciendo una blacandéquer en manos del prota para solucionarlo todo, sean cuales sean los elementos de una peli apocalíptica (y ésta, insisto, es una historia de ángeles –bueno, y miles de zombies, que debe ser un colectivo que no conoce el paro), siempre acaban apareciendo automóviles (y, por tanto, carreras y explosiones) y armas. La cosa resulta tan absurda que dos ángeles dándose hostias (¿hay que aclarar de qué tipo, dados los personajes?), no dudan en dispararse con ese pedazo de ametralladoras, protegiéndose de las balas con las alas (¡que suenan a metal al rebotar en ellas!), o en usar (¡sí!) una suerte de blacandéquer para troquelarle al otro los menudillos… cuando, nada más morirse, están otra vez operativos entre vuelo escatológico y vuelo escatológico. Si me permitís el símil, igual que con toda su potencia imaginativa el sexo tiene una fuerte tendencia a acabar en lo genital, por más fantasiosa que sea la trama en una de estas pelis, puedes apostar a que al final la sala olerá a pólvora y gasoil quemado.

Anuncios