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No sé por dónde empezar.

Considero a Medem un tipo especial, un artista, en el sentido de que posee un estilo y una manera de expresar única y diferente: logra decir cosas que creo imposibles de decir, expresa la belleza y lo íntimo con luz y con sonido. Hace mucho tiempo, mi tío me dijo que Medem tenía la cualidad del cineasta (no lo dijo con esas palabras), consistente en el manejo de un lenguaje diferente y específico del cine. Imágenes como la barandilla de La Concha temblando tras el impacto de una moto, el reno del Círculo Polar respirando en el libro de texto, el viaje a través del ojo de la vaca, el -ahora te va a morder- de Emma Suarez.

Por eso “Habitación en Roma” me decepciona y me indigna. Supongo que si fuera de otra persona simplemente me reiría con desprecio y no le daría tanta importancia como para indignarme. Pero resulta que es una peli de Medem, que va de una relación entre mujeres, y que viene después del fiasco de “Caótica Ana”.

Esta película ni siquiera parece suya:

Un argumento simplón y pueril, absurdo después de los cinco primeros minutos (lo único mínimamente auténtico de toda la película);

Una lesbiana que carece de deseo ni interés por otra mujer a la que se ha ligado y subido a su habitación de hotel en Roma, y con la que habla de tonterías durante una hora y media sin aparentemente darse cuenta de su desnudez. Porque dice Medem que su intención era que el espectador se olvidara de que esas mujeres están desnudas, pero, ¿se pueden olvidar ellas también en una supuesta historia de amor y sexo?.

Porque esa es otra: ¿sexo?, ¿cuál?, un par de toqueteos y amagos que suman dos minutos en total (y no porque haya elipsis), caricias tipo softcore o erótica “femenina” (que no lésbica): sólo faltan las sedas, las uñas largas y los fundidos a negro. ¿Por qué decir que esta peli va de una relación entre mujeres?; ¿en qué sentido?. Estas mujeres no tienen sexo, y lo que es peor, no tienen ningún deseo ni relación. ¿Cómo tragarse estas escenitas “sexuales” del tipo que rodó “Lucía y el sexo”?; ¿alguien se imagina dónde está la diferencia de enfoque?. Me parece preocupante que el propio Medem piense y manifieste abiertamente en las entrevistas que está mostrando sexo entre dos mujeres (que se ha documentado, dice (?!)).

Y aquí llegamos al simpático camarero italiano: el típico tío que al ver dos mujeres piensa que les falta algo (como el mismo Medem parece pensar y como de hecho muestra la película: a éstas les falta de todo) y se ofrece generosamente para un trío, pero que al ser rechazado no sólo le parece estupendo, sino que además ¡les canta La Traviatta!. Así, que una lesbiana llame a la recepción de un hotel para pedir un vibrador sin temor a ser violada tiene mucho más sentido.

Pero en fín, haciendo un esfuerzo podemos pensar que a veces la conversación de una desconocida imponente desnuda en tu habitación es mucho más interesante que el sexo con ella. Si yo hago ese esfuerzo, ¿por qué una conversación tan estúpida, anodina, carente de todo interés, absurda y aburridísima?; ¿a alguien le importa cuál de las gemelas es la rusa o lo que tiene tan torturada a la Anaya?. Difícil, no hay por dónde cogerlo.

La historia de los cuadros, las escenas bochornosas de saltitos en la cama (¿”Tú a Boston y yo a California”?) y retozos en la bañera, las visitas redundantes y absurdas a internet, la necesidad de que una llore y se tire en la cama como preámbulo de los toqueteos (ese es el inicio de las dos escenitas de caricias)… ay. Qué mal.

Es triste que “En la cama”, que tampoco tiene nada del otro mundo, sea mucho mejor película que ésta. Ahí por lo menos había sexo y conversación, hasta sorpresa.

Tampoco la música tiene sentido en las tres cuartas partes de la peli, ni esa luz pobre y casposa en una habitación en ¡Roma!, ni ese montaje arrítimico y tosco (¡vuelve, Iván Aledo!).

Lo único rescatable: la secuencia de las manos (donde debería haber acabado la peli), el diálogo -¿Así te hiciste lesbiana? No, así me hice mujer-, y la dedicatoria a Polo Aledo, de quien éste fue, lástima, su último trabajo.

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