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··········Una historia en ese cortazariano punto de contacto entre la cotidianeidad y lo fantástico, en este caso más vencida hacia la primera que hacia lo segundo. Para evitar que una anciana sepa una verdad que le resultará dura de aceptar, los miembros de su familia construyen una realidad paralela (vaya, esta frase suena a “Good bye, Lenin”; nada que ver).

··········Pero las realidades paralelas difícilmente pueden ser estables, hay que dejarlas crecer, hacer que evolucionen. El que esa historia se vaya comiendo a la realidad, vaya pesando sobre sus inventores, vaya arruinándoles, vaya apresándoles en la casa familiar, les convierta a todos en dependientes de una ficción, recuerda a la casa tomada de otro relato.

··········Personalmente ni me cansa ni me aburre, pero creo que es arriesgado convertir un cuento de Cortázar (“La salud de los enfermos”, no lo veo ahora, pero supongo que no serán muchas páginas) en un largometraje: lo que en un cuento se logra en un par de adjetivos, una frase ambigua, aquí hay que sostenerlo durante cien minutos. Pero creo que es un riesgo bien asumido y resuelto: la evolución de los personajes es constante, los actores principales sutiles. Y la historia en sí tiene suficientes derivaciones, no es sólo la construcción colectiva de esa ficción, es la relación paternalista con los ancianos, es el miedo al exterior de quienes siempre han sido segundones en la vida, la casa-concha, familia-concha, concha-trampa, el disfrute vicario de vidas, sin los costes de la vida real.

··········La peli en fin puede parecer demasiado tranquila, morosa (y de formas muy clásicas), pero a mí me parece interesante. Hay algo molesto en ella (que no creo que se deba a la proyección, en el Pequeño Cinestudio): teniendo bastantes sonidos agudos (por ejemplo, canciones reproducidas en medios de los años cincuenta), éstos y la propia música de acompañamiento están como sobrepasados de volumen respecto a los diálogos.

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