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··········Los dos materiales con los que se construye esta historia son el humor y el sentimiento de libertad y recuperación a través de la música. Pero a mí me sucede que no me río. Más allá del suceso que permite el enredo que justifica la película (que en un concierto en París la orquesta del Bolshoi sea sustituida por unos músicos despedidos), el humor parece apoyarse más en los personajes que en las situaciones, y yo no les veo e ellos mucha gracia. No ya porque sea un humor de trazo grueso (comunistas esencialmente malos y fuera de la realidad, judíos avaros, gitanos ruidosos e ilegales), sino porque realmente no llegan a ser personajes graciosos.

··········La parte emotiva se confía al concierto final (hasta entonces sólo Miou-Miou y Guskov parecen sentir algo concreto), y éste funciona, claro, pero no me parece que funcione bien como culminación de algo. Hasta entonces las cosas parecen haber sido demasiado forzadas para conseguir que casen; por ejemplo, ¿qué motivo hay para que la gran intérprete, que nada sabe de su verdadero origen, jamás haya interpretado a Chaikovski?, ¿qué sentido tiene el mítin del PCF porque llegue un militante del PCUS en el siglo XXI?

··········Tienen algo de gracia los juegos verbales derivados del chapurreo del francés por los rusos (no sé cómo será en la versión doblada), y me gusta la acidez en la mirada simultánea a la burocracia comunista y a los actuales plutócratas, mafiosos incultos con el peor sentido estético de los nuevos ricos. Y la pequeña pero sólida y nada ñoña historia de amor entre el protagonista y su mujer.

··········Pero, dejándose ver (decae algo el ritmo al llegar a París), la peli me parece un tanto fallida.

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