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··········Creo que por encima de lo que cuenta, lo que más destaca de esta película es su voluntad de resultar estética hasta el extremo. No es sólo la británica elegancia del protagonista, la limpieza y belleza de objetos y lugares y la belleza física de los personajes.

··········Es sobre todo un preciosismo en la imagen, con la cámara recorriendo con detalle cada cosa (o persona) hermosa. Personalmente llega a cansarme un poco esa mirada, a veces más propia de documental de animales.

··········Pero digamos que es lo correcto para la historia. El protagonista, incapaz de superar la muerte de su pareja, pasea su depresión intentando tomar la decisión definitiva. Y es continuamente asaltado por la belleza, por la hermosura que le rodea. Desde ese punto de vista, el deseo parece un doble estorbo: por una parte respecto a la belleza, que queda como contaminada; por otro respecto a la decisión autolítica.

··········Falconer se esfuerza en no dejarse atrapar, incluso por el improbable James Dean madrileño (¿no ha calculado el guionista la imposibilidad del origen hispano – estadounidense del chapero teniendo en cuenta el año en que se desarrolla la acción, el año en que llegaron las bases yanquis a España y la edad del muchacho?). Es frecuente que en la gestión real del luto aparezcan mecanismos de autocastigo. Por eso el final no me gusta demasiado, porque me parece una rendición: a la velocidad en que sucede todo (un solo día, una sola noche), sólo se me ocurre un sentimiento lo bastante fuerte como para cambiar la decisión tomada. El deseo. Y que nuestro hombre solo –asolado, valga el gelo- (¡soltero, dice el título en castellano!) rinda su decisión previa por la constatación de que de nuevo una porción de belleza es poseíble es un triste mensaje (por más realista que sea).

··········Aparte de eso, alguna broma sobre la arquitectura de diseño (esa ventana para la posición defecatoria, esa exposición continua para quienes –por su sexualidad- han de ser invisibles) y una corta pero interesante clase universitaria de literatura: los alemanes sí tenían motivo para odiar a los judíos, lo que pasa es que eran motivos falsos; qué tipo de minorías corren el riesgo de sufrir esa asignación social de motivos para ser odiadas y cuáles no, un tema interesante.

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