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··········Es cierto que la apuesta es arriesgada, mezclar cine negro con una historia romántico fantástica. Pero no siempre asumir riesgos acaba bien. A mí me parece que la película queda bastante rara. Es cierto que se deja ver, pero me deja una sensación confusa.

··········Y sin embargo, no es que esos dos estilos estén yuxtapuestos. Al contrario, se entremezclan con bastante eficacia y casi diría que equilibrio: yo aguanto mal el romanticismo en general y aquí no llega a cargarme nunca. Pero lo que no se puede evitar es que lo fantasioso estropee bastante lo negro, que precisa verosimilitud, con todo el juego de casualidades que argumentalmente hagan falta, pero personajes reales, movimientos posibles, circunstancias creíbles. Aquí hay un chaval con indicios de oligofrenia –bueno, exagero, pero digamos que un chico que no ha tenido una socialización normal- que a la vez se baja fotos de internet para falsificar un pase de identificación, aunque no resulte probable que haya visto un ordenador en su vida. En aras al realismo mágico se puede hacer una escena bonita con el muchacho inocente a caballo por las calles de Santiago de Chile, pero si se repite a cada transporte, como quien le hace tomar el metro o el colectivo, pues como magia se diluye y como realismo no funciona.

··········Junto a cosas un poco tópicas como la historia de la mujer que no ha esperado y se ha ido con un rico (que, eso sí, sirve para repetir la escena –que ya nadie va a mejorar- del karaoke pésimo y enternecedor de “La boda de mi mejor amigo” –con un tango-), hay otras historias que me parecen más potentes, como las consecuencias de lo sucedido en la cárcel y el asesino imparable como misil lanzado.

··········En todo caso, Darín y el luminoso muchacho, un caballo hermosísimo y la cordillera, ya serían motivos suficientes para no arrepentirse de haberla visto.

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