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··········Creo que quien haya recibido informaciones sobre la indignación de cierto tipo de indios, la prohibición de exhibición en ciertos lugares, el boicoteo en otros… llevará a la sala una predisposición que esta peli deshará pronto: esto no es más –ni menos- que un bonito cuento de amor. Cierto que, sobre todo en la primera mitad, la narración incluirá la visión de una realidad terrible, pero ¿acaso no son terribles los cuentos?, ¿el lobo no devora ancianas y luego es abatido?, ¿la niña no agotará las cerillas de la caja? Aquí la miseria, el fanatismo, el abuso es el ominoso paisaje, pero Jamal, Salim y Latika pelean y sobreviven contra males concretos, contra individuos; no hay un sistema de valores en oposición a otro. Incluso cuando Jamal es preguntado por un Dios en el nombre del cual perdió a su madre, él, miembro de otra religión en minoría, echa tanto la culpa a Alá como a Rama.

··········Un cuento de amor, pues. Con músicas bonitas y, ya al final, broche bollywoodiano (que se perderá quien no se quede a los títulos de crédito). Me parece muy eficaz e inteligente (en tanto completa el cuento con otros temas y estilos, lo que extiende el interés de la película) la planificación del guión. Utilizar las sucesivas preguntas del concurso para narrar cronológicamente los sucesos previos, interponiendo un momento temporal único (el interrogatorio policial del concursante) para ir llamando a los flash back, resulta muy elegante. Muy pronto vamos a saber que estamos en el momento previo a la catarsis (la sesión final del concurso), pero esa elección de un momento espacio-temporal (la comisaría, el interrogatorio), nos ahorra que cada vuelta atrás salga siempre de una cámara poniendo borrosa la imagen del concursante con fundido al suceso del pasado.

··········Por otra parte, está la misma mirada irónica sobre el dinero que ya puso Boyle en “Millones”. Aquí los millones de rupias sirven para que un par de desheredados (literalmente: no han recibido nada material de sus padres) trastoquen el funcionamiento de un programa de televisión; éste juega a obtener audiencia explotando la necesidad o la avaricia de dinero de los participantes, pero de pronto uno de ellos se presenta, y toma las decisiones intermedias desde el punto de vista de la ocupación de tiempo en antena, para poner en práctica su emisión de señales. Realmente ése resulta ser un valor de uso inconmesurablemente superior al valor de cambio de unos millones de rupias. Un poco tangencialmente a esto, recordaba yo mientras la veía que alguien dejó dicho que si fuéramos verdaderamente revolucionarios, deberíamos centrarnos en boicotear e impedir las loterías y los concursos… y el capitalismo se desmoronaría. La, muy bien contada, creación en el imaginario de las masas de la cualidad de héroe para este Jamal que concursa contiene –seguro, es inevitable- ese trampantojo de esperanza frente a la miseria o a la carencia: “es posible escapar, Jamal lo hace, yo también podría tener suerte”; pero me gusta imaginar que (a través del inevitable sentimiento de afiliación, “es uno de los nuestros”) incluye también un “somos nosotros frente a ellos, si Jamal gana, les hemos dado un golpe”, en la cara de ese showman basurilla. Cierto que es una tontería, que la cadena de TV no pierde sino que multiplica sus ganancias, como el presentador, pero no todos los sentimientos felices tienen una base racional… para nuestro mal. Esas masas que se apiñan ante cualesquiera televisores en los suburbios están siendo nuevamente derrotadas, pero tal y como nos lo cuentan Boyle y Tandan, dan ganas de estar con ellos.

··········También es simpática la broma sobre el centro de atención telefónica escocés en Mumbai. Simpática, aunque te da mala sangre luego tener que estar colgando el teléfono a tanto vendedor telefónico o gritando que quieres un supervisor que no te dé respuestas leídas.

··········Me gusta mucho la luz, intensa, no cegadora y … no sé, ¿húmeda? Hay algunos momentos que me parecen excesivos en la elección de la situación espacial de la historia (el Taj Majal, el desierto hotel de superlujo, la cima del rascacielos en construcción); creo que es un efectismo innecesario, porque la historia sería igual de potente en un santuario desconocido, un motel creíble, una terraza de chalet, pero en fin, los productores a veces necesitan enseñar el dinero que gastan. Pero, en conjunto, un entrañable cuento de amor.