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··········La referencia es obligada a la cercana “Unser täglich brot”, pero con ésta sucede justo lo contrario que decía en aquélla: me parece que está algo mal medida, y que se alargan secuencias más allá de su función informativa o estética. Me fastidia porque éste también me parece un muy buen documental, y me gustaría que aprovechara mejor el tiempo para contarme más cosas.

··········Hay otra diferencia importante: éste es más propiamente un documental informativo, ilustrador, y quizás menos esteticista que el otro. No es una película narrada sino por los propios participantes, algunos en estampas concretas (el pescador, el granjero, el biólogo marino, el famélico del sertão, …) y otros de forma más continuada a lo largo de la peli.

··········Y eso es lo más interesante, la participación del presidente de la Nestlé, de un alto ejecutivo de una empresa de la agricultura industrial y de Ziegler, el comisionado de la ONU sobre alimentación. El primero, con el lógico y esperable discurso anti-ONG y en favor del progreso, pero que se delata al insistir en que nunca hemos vivido tan bien como ahora, sin mayor escrúpulo, como si lo bien que vive él no tuviera relación con lo mal que han pasado a vivir los demás. El segundo, que podría parecer cínico si no fuera tan campechano, confesando que lo que él produce, como consumidor le parece malo e insípido, comparado con lo que produce la agricultura que su propia empresa va destruyendo. Y sobre el tercero reposa la explicación del asunto. Me parece muy importante, porque creo que ese tipo de titular periodístico (“sólo el pan que se tira en Viena cada día daría de comer a …”) acaba no sirviendo en la conformación de la opinión pública más que para conseguir un inoperativo “hay que ver, cómo están las cosas” en la barra del bar; alguien como Ziegler –muchos como él y muchas veces- explicando cómo funcionan las cosas, qué hace el mercado, por qué los tomates viajan mil quilómetros, por qué el campesino senegalés se arruina y se la juega para venir a trabajar en los invernaderos o para barrer las calles de París, sí que es socialmente útil, imprescindible más bien. Pero intenta meter eso en el sistema educativo, si no se puede hablar ni de ciudadanía.

··········Es también muy interesante el ejemplo que narra el pescador (un genuino profesional) sobre cómo y, ¡ay!, para quién trabaja la Unión Europea. Expulsará de la producción su pequeño barco con cualquier excusa para confiársela a las grandes pesquerías, que lo harán con medios económicamente eficientes, que devastan el mar y nos dan pescado insípido, pero para ello absorberá la información de ese pescador que sí que conoce su oficio y a quien se le obliga a darla. Eso debe ser lo que llaman “la sociedad del conocimiento”, y que funciona como el proceso de Bolonia en la universidad: entregar el conocimiento científico y técnico al capital para que éste no pueda tener oposición de la academia.

··········Y, aunque en la peli es tangencial, ¡qué diferencia entre los campesinos rumanos, riendo, cantando en su trabajo –por duro que sea- y los embatados operarios de las fábricas de pollitos, bajo un ruido infernal, que ni se hablan, ni hacen más movimientos que una repetición embrutecedora de los mismos gestos y cargas!. Es curioso lo de las fábricas de pollos (porque son fábricas, no granjas): filmador que entra en ellas, se queda atrapado; probablemente es el efecto de que muchos hemos tenido alguna vez un pollito, del aspecto simpático, del color, en contraste con máquinas que los tiran de aquí para allá.

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