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··········La simple visión de la película, sin entrar en su contenido, me parece una experiencia emocionante. Aunque la belleza esté ahí, hay que saber buscarla, y reconstruirla al filmarla. La historia y la comunidad en la que se desarrolla, podrían dar una sensación muy opresiva. Por eso me parece aún más importante esa voluntad estética: el paisaje, la luz, amanecer y anochecer, los caminos, la producción agrícola, los cuerpos, las ropas… todo transmite una sensación de orden, de hermosura tranquila, pero no muy elaborada, recreada, sino muy bien mirada.

··········Aparte de la primera y la última escena, un amanecer y un anochecer que dan la sensación de un vistoso espectáculo natural, pero que requieren seguramente mucha capacidad técnica, aunque parezca simplemente una cámara ahí puesta, a lo largo de toda la película hay una voluntad de composición, de equilibrio, de unos colores revalorizados por la mirada.

··········Y esa mirada no enfatiza. A menudo es el tiempo de duración de cada plano lo que te permite notar una lágrima que podría pasarte desapercibida, porque no te la van a hacer notar si tú no miras. Eso da lugar a una película bien larga, pero a mí no me sobra ni un minuto.

··········Hay también una estética de los comportamientos de los personajes. No hay en todo el largo metraje un acto de alguien que pudiera decirse que es de mala fe, que es una maldad. ¿Irreal?, tanto como ese paisaje: decide cómo lo miras y obtendrás una cosa u otra. No hay aquí ninguna vocación morbosa de crear pasiones encontradas, pecados, trampas, bajezas. Se cuenta lo que se quiere contar: un hombre que ama a su mujer y a su familia se enamora de otra mujer. No miente, no se deja llevar, duda, lucha, sufre, pide ayuda. No engaña, no maniobra. Quienes podrían criticarle, mujer, amigo, padre, le quieren.

··········Sin embargo, ahí está el mal. Y es un mal que surge de una pasión amorosa. El amor, que sustenta el orden, tiene un reverso dañino cuando surge extemporáneamente. Este tipo de comunidades como la menonita donde se desarrolla la historia, con sus rituales, sus voluntarias limitaciones materiales, su contención, me transmiten siempre la sensación de que están compuestas por personas muy temerosas, asustadas. Me parece el pavor al exterior lo que construye la frontera de la comunidad. Todo está sujeto, porque todo da miedo. Esos niños sin gritos, carreras, conflictos, tan cómodos dan una sensación de minusvalía, de amputación. Y es lo inamputable, el amor, lo que genera el conflicto.

··········Me resulta curioso que, desarrollándose la historia en una comunidad de fundamentación religiosa, apenas se nota a un Dios. No hay un ser superior usado como arma arrojadiza, como poder moral, como ese individuo enojado y tronante habitual. Da la sensación de que lo que se ha perturbado es la comunidad, su orden, sus reglas. Son las personas las dañadas, la institución familiar.

··········No sigas leyendo si vas a ver la película. Lo que sucede al final, la gente lo relaciona con el “Ordet” de Dreyer. Personalmente, preferiría ver el final no como una resurrección real, sino como un buen deseo, desde la muerte, de la cónyuge a la amante en beneficio del amado marido, seguida de una tierna despedida de sus hijas, que no nos consta que siga cuando llega el padre; pero sólo como una visión, no como una resurrección real. En realidad, no creo que sea así: se filma el movimiento de la nuez bajo el lazo como un primer paso de un despertar; una visión, una ilusión no va por etapas. Lo lamento, porque eso da un giro que no me gusta a la historia: la mujer ha expresado sus buenos deseos a la amante respecto a su marido. Pero si ella vuelve, la salida de la amante, sin despedirse, de la casa, es definitiva. El conflicto queda irresoluto. Me gustaba más la otra posibilidad.

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