Festival Internacional de Cine de Gijón

Una americanada en el peor sentido de la palabra. John Cusack es un pobre “perdedor” que trabaja en una especie de Ikea norteamericano, tiene dos hijas (la lista y la simpática) y una mujer marine que está cumpliendo con su deber en Irak. Stanley (que así se llama Cusack) es tan perdedor que debe reunirse en terapias de grupo con otras mujeres de marines destinados a Irak, reuniones en las que él es el único hombre (qué humillación). Para colmo, su mujer muere en combate y él debe hacerse cargo de las niñas y la casa. Pero lo importante es cómo decírselo a las niñas: y la película se convierte en una especie de road movie en la que Stanley se lanza a la carretera con sus hijas en busca de un parque temático en el que darles la noticia y que ésta pase más desapercibida.

Toques dramáticos (él llama continuamente a su propio contestador, en el que está grabado la voz de su mujer muerta, y habla con ella), escenas de telefilme siestero (conversaciones con su hija mayor, tan responsable que parece la madre), justificaciones de la guerra (“gracias a heroínas como tu madre podemos (nosotros los americanos) dormir en un mundo más seguro”, parece que “Algunos hombres buenos” nunca pierde vigencia), sentimientos de humillación varonil (Stanley no pudo ser marine por miope y por eso se intercambiaron los roles tradicionales y es su mujer la que ha muerto como una heroina y él se ha quedado de amo del hogar).

Lo alucinante es que se ha llevado el Premio del Público y Mejor Guión Original (¿?) en Sundance. Clint Eastwood se emocionó tanto al verla que acabó haciendo la banda sonora (eso debió prevenirme), la misma música de siempre: frágiles notas de piano melancólico.

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