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··········Festival de cine alemán en Madrid, 2007.

··········El cine alemán de esos años 20 siempre suele gustarme. Me gusta la iluminación del expresionismo, la antinaturalidad pero efectividad narrativa de las casas, las calles… Y normalmente también la temática, aunque sea tan aparentemente distintas las historias de policías y delincuentes del tipo de Mabuse de las historias de mitos directos, como este Fausto o el Gólem, o una especie de mitos indirectos como el Doctor Caligari u Orloff y sus manos. Creo que es interesante esa elección de qué contar por parte de la ‘escuela expresionista’ del cine alemán (¿hubo tal cosa?): por una parte, hablar de los elementos cruciales de la vida del ser humano (aquellos que explican y a la vez cosifican los mitos), pero por otra hacerlo con la voluntad de construir un relato digerible, cercano, con pautas de narración cercanas a cualquier otra historia. Es como los cuentos clásicos para niños: contenido mítico pero narración entretenida.

··········Viene esto a cuento de que quizás lo que menos me gusta de este Fausto es una especie de ruptura entre los porqués de los personajes en lo que se refiere al mito (vender el alma al diablo a cambio de recuperar la juventud) y los porqués de los personajes en la historia concreta en sí. No acabo de ver claras las razones de Mefistófeles para que quiera hacer fracasar la historia de amor de Fausto, o la falta de inteligencia de éste para hacer del diablo su servidor, a lo que está comprometido. Es como si en el plano de la historia amorosa se utilizara a los personajes de manera inconsistente con las motivaciones que tienen en el otro plano, el de la lucha genérica del bien y el mal. Creo que es esto lo que hace necesaria esa escena final, un tanto chusca, en que –para que gane el bien sobre el mal- el arcángel suelta un discurso (vaya, es cine mudo, pero el cartel tiene diez líneas de texto, en lugar de dos) con el que su victoria (¡mierda!, ¡ya se me ha escapado quien gana!) se fundamenta en una tontería, liebe, cuando el verdadero amor de Fausto habría sido pelear por liberar a la mujer de la hoguera y no lloriquear abrazado a ella churruscándose juntos.

··········Aparte de eso, el uso de la luz y de los espacios quizás es menos potente que en otras películas de la época, pero aún así me gusta mucho. Las casas, las calles, por ejemplo, incluso los caminos, tienen un tamaño extrañamente pequeño, ajustado a los cuerpos humanos, lo que gigantiza éstos; la ausencia casi de elementos en los interiores, salvo los necesarios para la historia y esos vanos tan bien colocados. Algunos efectos como las transparencias son un poco cutres (no que lo sean a ojos de hoy, sino como descuidados) pero otros son mucho más trabajados, como los aros de fuego ascendentes en torno a un cuerpo (igual que en “Metrópolis” de Lang), o una iluminación muy hermosa, cerca del principio, en que la retorta en la que trabaja el alquimista Fausto está completamente saturada de color (vaya, de luz) mientras que –siendo una única imagen- la cara de él tiene una iluminación escasa, contrastada pero muy nítida.

··········Me parece curioso –y no sé si es decisión de Murnau, o si ya está en Goethe o en algún otro de los autores literarios del mito- el proceso de la entrega del alma a Mefistófeles. Porque lo que Fausto negocia no es su juventud o su belleza (¡vaya cánones de belleza masculina, por cierto!, hoy no se comería un colín) sino su facultad de hacer el bien, de sanar la peste. Y es cuando se va a cumplir el plazo de un día que, a modo de prueba, ha firmado Fausto con su sangre, cuando Mefisto le tienta con algo diferente: ser joven y –de aquella manera- hermoso. Narrativamente, no obstante, creo que ahí hay un agujero porque es difícil entender por qué ese anciano, que está en otras cosas, puede albergar tanto deseo de juventud. Para hacer avanzar la cosa, hay que hacer aparecer una imagen fantasmagórica de una chica, pero… no sé. Quizás es que yo no firmaría hasta que me aseguraran algo más que un fantasma.

··········Otra cosa que me parece interesante es que Fausto es un alquimista, vale decir un químico, un científico. Cuando la peste llega a la ciudad, algunos acuden a él buscando un remedio que la religión no da (de hecho, hay una escena en la que parte de la población se entrega a una bacanal porque sabe que no tiene futuro –este aflojamiento de todas las prohibiciones la filmó Werner Herzog también muy bien en su “Nosferatus”-, mientras otros rezan y suplican ante el Savonarola de turno). Pues bien, esos ciudadanos no tienen empacho en acudir al científico, incluso aunque de hecho fracasa, pero cuando éste ha obtenido de Mefisto el poder de sanar, basta que la imagen de la cruz le dé repelús para que los amigos o parientes de los sanados le quieran lapidar. Qué cosas.

··········En cuanto a la música en vivo, en el Cine Palafox, estuvo muy bien. Muy continua, sin esos cortes que a veces dan la sensación de ser varios trozos pegados hasta alcanzar el metraje. Muy ‘narrativa’, muy acoplada a las imágenes. Y aunque muy ‘clásica’, a la manera que uno espera de música-de-cine-mudo, a ratos resultaba muy moderna. Entiendo que ha sido compuesta expresamente para la ocasión.

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