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··········Al igual que en “El perro mongol” y en “La historia del camello que llora”, el paisaje es el principal protagonista, y al condición de nómadas de los pastores mongoles el principal elemento de la historia. Quizás ésta sea menos etnográfica; menos detalles de vida cotidiana, menos información.

··········La película es china, y es la Mongolia Interior, no la Exterior como en las otras. Pero no hay mucha diferencia en ello. Quizás aquí la aparición del Estado sea más consistente que en las otras: no sólo la escuela del final, sino también amables policías y funcionarios de sanidad veterinaria/humana (a la vez).

··········Aunque también trate de la amistad (esa amistad un poco forzada de los niños que no tienen donde elegir, y han de ser por fuerza amigos de los vecinos, que tan ilustradora es sobre los pactos continuos cuando la convivencia es forzada –hay una curiosa pelea entre chavales ante un público adulto indiferente, porque sabe que no puede romperse nada ahí) y de la adquisición del conocimiento (hay que preguntarle a la abuela, al saber general y antiguo, para poder integrar intelectualmente un objeto extraño a la realidad –la pelota de ping pong-), me parece una película sobre el crecimiento.

··········Incluso para un niño nómada que se pasa el día galopando de un campamento a otro, emprender un viaje sin adultos a Pekín (Beijing, que prefieren ellos) es tomar el propio destino en las propias manos y dotar a una vida dedicada a los juegos y el ganado de un sentido exterior, y en ese sentido trascendente.

··········Lo malo es que ese crecimiento personal probablemente lleve siempre aparejado el arrastrar al medio en que uno vive a un desequilibrio. ¿Volverán los hermanos al campamento? Y, como ya no volverían iguales, ¿querrían seguir viviendo allí y así? ¿Puede un occidental, cómodamente sentado en su butaca, desearles tal cosa?

··········Me encantan esos caballos mongoles, bajitos, fuertes y que parece que les cuesta ir al paso.

·········· Puntuación para la bitácora de Pierre Miró: 7.