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··········Hace algunas semanas pusieron en la 2, en Versión española, esta película de Basilio Martín Patino.

··········Aparte de parecerme un magnífico documental (falla bastante el sonido, pero fue rodada en buena parte en lugares públicos, sin autorizaciones administrativas y con un escaso equipo), lo traigo aquí por algo que me sorprendió.

··········Es un programa de televisión en que las películas están comentadas. Al efecto, trajeron esta vez a un par de hagiógrafos (una profesora universitaria y un crítico de cine) y al propio Martín Patino, quien se pasó el programa sonriendo y dando las gracias por el babeo de los otros tres.

··········Pues bien, los dos aplaudidores y la presentadora del programa insisten una y otra vez –sin que Basilio Martín les desmienta- en que uno de los elementos que hace la película más importante es cómo consigue acercarse a la figura de tres verdugos españoles sin acritud, con comprensión, con una cierta ternura.

··········Me quedo asombrado; yo he visto otra cosa. Continuamente, mientras que hablan, la cámara baja a pasearse por los infinitos vasos de vino, las botellas abiertas acumuladas. Se les filma comiendo todos de frente a la cámara, como en un cuadro renacentista, llegando en los platos de duralex las ensaladas y las carnes, en una comida de chiringuito, dándole huesos a los perros. Se les deja hablar mucho, pero con sus palabras se auto descuartizan. Uno es un paleto de esos peligrosos, enrolado en organizaciones de dar palos, que acaba pasando por la División Azul; otro es uno de esas personas de mirada esquinada que se apoca ante cualquiera más chulo que él –y que da miedo pensar cómo será con la gente más débil, en su casa. El tercero es un señoritingo patético de barrio, de los que compran ‘tener clase’ con un abrigo de cuello de piel, una mirada de suficiencia y una colección de favores a los vecinos.

··········Claro que no se hace pivotar la inmoralidad de la pena de muerte sobre estos propios sujetos. Está la ley por ahí circulando, no en largas disquisitorias técnicas, sino en las palabras de abogados, funcionarios de prisiones, psiquiatras; la banalidad del mal es siempre compartida por todos. Pero estos tres verdugos, despojados de la cara humorística de Pepe Isbert, pero muy parecidos a él, a mí me darían escalofríos no sólo por su oficio, sino como vecinos.

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