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··········Cada vez me parece más justificado hacer documentales. No hay que contar sólo cuentos para interpretar la realidad y para compendernos, sino viajar y contar lo que uno ha visto.

·········Pese al tema, trabajadores en el tercer mundo, no es especialmente combativo o de denuncia. Aparentemente.

··········Puede parecer un poco ambiguo. Incluso la mayoría de los colectivos filmados (mineros de carbón, de azufre, matarifes, quizás también los desguazadores) parecen autónomos. Pese a la dureza del oficio, no aparece el patrón, no hay un explotador visible, no se aprecia la plusvalía.

··········Sí que hay el orgullo obrero, el placer del trabajo bien hecho, de la capacidad humana (el que tiene el corredor que llega a la meta, el escalador que dobla la cumbre, …). Aunque la referencia al stajanovismo pueda parecer crítica, no creo que haya sólo necesidad, sino también orgullo en el cuántos sacos, cuántos quilos, cuántas cabras, en el saber hacer.

··········A la vez, la hermandad, la sensación de compañerismo. Pero lejos aún de la solidaridad obrera, de la unión para obtener fuerza, garantizar condiciones salubres de trabajo, siquiera para negociar un precio. Ahí sí que hay una lectura comprometida. Desde nuestros sillones, desde nuestra historia, algo no cuadra: ¿dónde está el sindicato?

··········Y también, claro, dar conciencia de dónde hemos desplazado cierto tipo de trabajos (relativamente, se puede desguazar en cualquier costa, pero el azufre está donde está, y los mataderos han de estar cerca de su mercado). Y es simpática la idea de terminar con una fábrica alemana abandonada, ¡convertida en parque temático! (¿Qué otra cosa es nuestra ría del Nervión?). Ésa es, probablemente, la muerte del título.

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