··········Como uno ya tiene una edad, he aprendido a esquivar las historias de amor que son sólo historias de amor. Pero aquí metí la pata.
··········Durante la primera media hora de la película, dos muchachos enamorados se miran con ojitos de cordero mientras nos van mostrando en cada escena una camiseta o camisa nueva. Durante la segunda media hora, como ya ha aparecido (¡sorpresa!) un tercero, ahora se miran con ojitos de perro apaleado. A la hora y tres cuartos de película aparece otro personaje (una madre, a quien antes sólo se ha visto de espaldas): emoción, suspense… pero no, un abrazo, ni una palabra y seguimos. A la hora y cincuenta minutos aparece un libro (quiá, varios libros), pero sólo para que se busque en ellos unas fotos (sí, lo adivinásteis, tirilla de cuatro fotos de fotomatón) de pareja de amantes. Cerca de las dos horas aparece otro personaje (una cajera) que, poco después no sólo da un abrazo, sino que pronuncia casi diez palabras (de las no más de quinientas que se pronunciarán en el total de la película).
··········Bueno, hablando más en serio. Como historia de amor no me dice nada, porque si de un amor sólo me muestran miraditas tiernas y polvos, tengo que pensar más bien en enamoramientos o empollamientos. Esa historia de que todos tenemos alguna media naranja en alguna parte, y es el amor de nuestra vida, y podemos equivocarnos y perderlo y todo será ya siempre muy malo, se refuerza aquí con la historia que (en unos diálogos de Platón, creo) contaba Aristófanes sobre la rebelión de los andróginos y como Zeus manda a Apolo a castigarles y éste les divide en dos y desde entonces buscando la media naranja y etcétera.
··········No hay nada fuera de ellos (ellos dos y los dos elementos perturbadores de la pareja). No hay una historia personal (no hablan, quedó dicho, no leen, no van al cine, no sabemos nada de ellos; bueno, es cierto, sí bailan en una discoteca –la misma todo el tiempo-). No hay una historia familiar (aparece circunstancialmente la madre de uno de ellos, en estado semicatatónico, supongo que por los antidepresivos). No hay una historia social (los dos protagonistas son chicos bien, se supone, no tienen problemas de compartir habitaciones en pisos bien puestos; incluso alquilan en un hotel –varias veces- para echar un polvo, que es cierto que Méjico DF es una ciudad muy extensa, pero, vamos, que dos universitarios con casa donde follar se paguen un hotel …; uno de los elementos perturbadores se supone que es un empleado de mantenimiento de la universidad, pero a la escena siguiente ya está como los otros).
··········La cámara, que se queda educadamente quieta a distancia en cuanto empieza el sexo, se pasa el resto del tiempo dando vueltas de 360 grados en torno a los protagonistas. Boleros, claro; canciones pop de instituto de enseñanza media (que es el calado intelectual del amor que se cuenta); orquesta a ratos. Digamos a su favor que hay una constancia encomiable en mantener el mismo estilo de luz, cámara, … en todo el metraje.