··········Pese a llevar una semana fuera de la Corte, y a que este viernes ha sido pródigo en estrenos, no me resisto: en la selección La melancolía en el cine que están poniendo en la Filmoteca proyectan esta peli de Sautet. Hay películas que uno sabe que no son obras maestras (como, qué sé yo, “La vie et rien d’autre”) pero que le gustan especialmente sin saber bien la razón. Pero en este caso sí la sé, hay un vínculo personal ya desde el título, con el que me han llamado alguna vez. Es un poco como lo de la maniobra equis en “Barcelona”. Hasta el punto de transigir con el gritón violín y los ¿insoportables? pizzicatos de Ravel.
··········Realmente la peli es, a la vez de lo que cuenta, un trío de cuerda, cada personaje con un sonido diferente, replicándose y a veces aplicándose a conjuntarse.
··········Uno siente que no está sólo, sino acompañado por Sautet (aunque esto no sea seguro) en la simpatía por Stéphane, el personaje de Autueil. No se trata sólo de la trama amorosa (¿amorosa?, ¿amistosa?, simplemente de relaciones personales), sino hasta de la postura en las conversaciones sobre la popularización (o banalización, según) del arte. La asunción de un papel de espectador comprensivo que los demás consideran ilegítimo y dañino (simplemente porque ellos se dejan llevar por los sentimientos). Y el intento de contención, de no caer en la justificación, ni hacia ellos ni hacia uno mismo buscando excusas en la infancia. La minusvalía sentimental no hay por qué justificarla; ¿tienen los ciegos que andar explicando si lo son de nacimiento o por enfermedad o accidente?
··········Pero es que, además, y pese a que Stéphane asuma que sí ha sucedido, llamar “seducción” a lo que él practica con Camille (Emmanuelle Béart) a mí me parece falso. Sencillamente, los sentimentalistas no están dispuestos a admitir que un acercamiento amable, una atención educada, siendo entre varón y hembra razonablemente jóvenes, no suponga necesariamente la muestra de un enamoramiento o, lo que se castiga aún más, el intento de enamorar, la seducción. En realidad es Camille quien ha interpretado mal; los gestos del luthier no daban necesariamente pábulo a nada, ella ha construido y demanda explicaciones. Desde ese punto de vista, Maxime al menos sí entiende cómo funciona su amigo Stéphane.
··········Aparte de que el tema me interese y de que me parezca bien contado, creo que también están bien algunos desarrollos paralelos, como otras dos relaciones no paradigmáticamente amorosas, pero que acaban contaminadas de los mismos esquemas de éstas: la de la violinista con su representante y la del viejo profesor con su ama de llaves. La peli, por lo demás, queda en la categoría francesa de diálogos, que a tanta gente –no a mí, claro- le resulta molesta, aunque yo creo que poco pedante comparada con las de ese estilo.
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