··········Este documental decepcionará a quien espere aprender algo de la historia de Camboya en el último tercio del siglo pasado, o al menos algo sobre el contexto de los masivos bombardeos yanquis, la guerra civil, el triunfo de los jmer rojos, su quinquenio en el poder y la liberación a cargo de los vietnamitas. De todo ello se dice menos que este párrafo y en menos tiempo de lo que has tardado en leerlo.
··········No es un error, claro, es una opción. El documental sólo se interesa por las prácticas (secuestros, torturas, asesinatos) realizadas en un centro concreto de detención, así como por algunos personajes que estuvieron ahí, como presos o como guardianes. Personalmente, habría preferido un enfoque más holístico, porque desconfío de esas visiones de la barbarie que hablan sólo de la persona (de lo malos que podemos llegar a ser todos), en lugar de situarlas en el contexto en que esos impulsos salvajes quedan regulados, políticamente respaldados, socialmente utilizados por los mejor situados.
··········Rara vez los personajes hablan a cámara. Casi siempre se trata de entrevistas entre superviviente y torturadores, o éstos charlan con su atribulada familia, o varios de éstos recuerdan cosas en una a modo de terapia de grupo. Eso es en realidad la peli, una terapia: para los que sobrevivieron es la oportunidad de expresar sentimientos (aquél tan demoledor de los supervivientes de los campos, “¿por qué yo sí?, ¿lo he merecido más que todos los que murieron ahí?”, que probablemente fue el que llevó al suicidio a Primo Levi) y de enfrentarse y preguntar a los que eran guardianes en ese centro los porqués. Los diálogos son tensos, claro, pero -¿cultura oriental?- prácticamente sin gritos, sin agitación física.
··········Eso refuerza el golpe que te da la exhibición de la barbarie: que los propios carceleros van explicando con calma lo sucedido (“éramos chicos entre 14 a 25 años, llenos de energía sexual, por eso violábamos”, “nosotros también estábamos presos ahí, quien no obedeciera se enfrentaba a la muerte”, “ayudábamos a los presos a redactar sus confesiones autoinculpatorias para que no se les torturara más”, …).
··········Ahora bien, no me parece un estilo apropiado para hacer un largometraje. Largas repeticiones de un suceso, llegan a quitarle fuerza. A ratos, y parece imposible con este tema, resulta aburrido. Tampoco hay nada en la dirección que contribuya a impresionar o a fijar conceptos, todo resulta un tanto plano y despojado, confiado a la fuerza de lo que se dice.
··········Está el tema de la “banalidad del mal”, tan aplicable aquí como en lo referido al nazismo. Curiosamente (pese a lo que uno pueda esperar de una sociedad oriental y en un periodo –el jmer rojo- en que se cerraron escuelas, se quemaron libros, se ‘acampesinó’ a los intelectuales) hay todo un aparato administrativo bien prolijo –en el sentido europeo, no en el argentino, del término- de anotaciones, listados, confesiones escritas, fichas policiales, que permite reconstruir mucho más de lo sucedido que lo que suele ser habitual en estos casos de crímenes contra la humanidad. Y también el tema del perdón, ¿se puede perdonar a quien no ha reconocido ni un error?, ¿hasta qué punto en la escala jerárquica de los torturadores se puede considerar exculpados por miedo insuperable? En este tema es interesante como funciona la expiación religiosa de las culpas: la familia de uno de los torturadores le aconseja que pague unos céntimos por una ceremonia de perdón para que transfiera el mal karma a los muertos.