··········Si siempre es bueno contar estas historias, el estreno de “Camino” en Madrid coincide con la polémica sobre lo que los periodistas llaman “el nacimiento del primer bebé medicamento” (nadie es neutral nombrando las cosas), en la que la Iglesia Católica destaca los embriones desechados en el proceso (como muertes de seres humanos) y la sociedad civil la posibilidad de curación de un niño enfermo. Lo que hay detrás es, ciertamente, esa presunción de los católicos de que la colisión de un espermatozoide y un óvulo ya compone un ser humano, entero y verdadero, animado; pero también está detrás el concepto de ofrecimiento, de redención. Lo que debe hacer la familia de ese niño enfermo es sufrir ese castigo, y ofrecer ese sufrimiento, porque éste redime. “Camino” trata en buena medida de eso, de un concepto que es ciertamente abstruso; es curioso cómo la enseñanza del catolicismo consigue cuajar en las personas pese a tener en su fundamento una idea tan extraña como que el sufrimiento de uno da un bien a otro. Recuerdo cómo me sentía cuando me explicaban que Jesucristo, en la cruz, con su sufrimiento redimía mis pecados, ¡incluso el original (que esa es otra)!. Lo que más tarde me pasaría en matemáticas con el plano afín, el descubrir que uno puede aprender y aprobar asignaturas sin entenderlas verdaderamente, me pasaba con el catolicismo casi desde el uso de razón. Es cierto que ese concepto del sacrificio está en todas las religiones, más puro cuanto más antiguo, pero es un sufrimiento (el del sacrificio) que, aparte de que puede ser vicario (“ahí te sacrifico un cordero”), se hace para calmar a un Dios iracundo, no en prueba de amor o de esa forma perversa del amor que es la devoción.
··········Pero en fin, esta peli es mucho más que eso, no es una meditación sobre qué supone la redención por el sufrimiento. Sino una historia emocionada y emocionante sobre el amor y –éste sí- su función salvífica. A menudo me quejo cuando alguien me quiere emocionar –lo que es demasiado fácil- recurriendo a lo barato, al tipo de sentimientos que es muy fácil hacer aflorar (ver llorar a un niño desesperado, ser consciente del fin de tu vida, la exhibición de una humillación insoportable, …). Ésta es una peli con niña enferma incurable… y sin embargo no me da esa sensación de facilidad a la hora de despertar sentimientos. Por una parte, porque –aunque se presuma de lo contrario, y se diga que la peli se hace en homenaje a una niña concreta, enferma y muerta ya- la película tiene otras intenciones, habla de otras cosas; por otra parte, y esto no sé explicarlo, ni lo mencionaría si no hubiera coincidido en la sensación la persona con quien la vi, la película te lleva a acompañar a los personajes, no te da la sensación de que un narrador posee la historia y te la transmite, sino la muy diferente de “ven, ven conmigo, mira lo que pasa”. Quizás salvo al final (ese encantador vals) donde ya es un regalo que narrador –y espectadores- hacemos a la niña.
··········Al hablar de la gente que rodea a esta niña, se explicita cómo está funcionando el sentimiento religioso de esas personas (seguidoras del Opus Dei) y hasta qué punto no es más que una exageración de algo que está ya en el catolicismo, la bondad del sufrimiento cuando se ofrece. Una exageración en la misma medida en que Kurtz, aguas arriba del río Congo, no es sino un fiel seguidor del paradigma de explotación comercial de la Compañía, o en la misma medida en que Kurtz, aguas arriba del río Mekong, lo es del de la guerra. Y cómo la niña, al borde de la pubertad, pero en el lado inocente de la frontera, es capaz de transmutar ese amor sufriente de la devoción que le exige su educación por el amor sufridor pero esperanzado por Cuco, un amor que no se complace, como el otro, en que todo salga mal, sino que a cada golpe vuelve a poner la confianza (la fe en otro sentido) un poco más allá: si no ha sido la sonrisa, la visita, si no, la carta, si no…
··········Pero es que encima se hace bien. Habiendo oído en algún sitio que todo se basaba en el malentendido entre un Jesús y otro, iba yo temiéndome que eso estropeara la historia. Pero no; en primer lugar porque no siempre se juega con el malentendido (realmente sólo es importante al final), y en segundo lugar porque toda la película se construye con paralelismos, a veces entre lo onírico y lo real, otras entre varias historias, y se hace con elegancia, no como una broma. Salvo alguna cosa que luego diré, a mi la historia, larga, me parece bien contada, bien dosificados sus elementos, a veces muy dispares.
··········Me parece bien interpretada. En algún momento puede parecer que los adultos principales se pasan (el padre en el aturdimiento, la madre en el fanatismo), pero en realidad se aprecian matices (de energía en uno, de dolor desolado e irrepresable en la otra, de ligerísima y refrenada duda en la hermana). Que la niña tenga esa mirada es un regalo, ciertamente, pero para nada se juega a hacer de ella una lolita, sino que se le deja expresar una naturalidad apabullante. Quizás hay algún problema de dicción en alguno de ellos (la niña de la ortodoncia, Camino en la agonía, …) quizás sólo sucede que cada vez oigo yo peor.
··········Y me parece bien contada visualmente. Los sueños, de una textura poco diferenciada de la vida cotidiana, se viven con la realidad que se debe. Y se diferencian, las pesadillas siempre carecen de detalles de fondo desde que surge el miedo, los sueños felices son hermosos también en el paisaje, y éste puede romperse literalmente si irrumpe la pesadilla. Los sueños narrativos o teatrales, los de Meebles, o Disney, me parecen muy propios de esa edad, en la que aún se pasa uno el día más absorbiendo historias que viviéndolas.
··········Hay algunos detalles que me fastidian, pero son banalidades. El paralelismo con que se cuentan los dos amores, haciendo convivir la agonía con la representación teatral (y que tiene detalles tan buenos como el grafiti que hay sobre el cierre metálico del local cultural), se fuerza poniendo un aplauso en la habitación de un hospital, al fallecer la niña. Por un momento me recordaba los aplausos a la consagración en “Amanece, que no es poco”. Cierto que hoy en día (la televisión manda) uno tiene que observar avergonzado cómo la gente aplaude al féretro de la última mujer asesinada por un tipejo, como quien aplaude la faena de un torero, pero, hombre, en un hospital de la Obra, entre vicarios, prepósitos, ilustrísmos doctores, pues queda un poco absurdo. También me fastidiaba el personaje de la enfermera mala, pobrecita, abandonada por su marido, pero que también se redime, … aunque dada su utilidad en la escena del fallecimiento (cuando es la única tan sana como para tener un acceso de llanto), hay que perdonarlo. Hay también un momento, en que se cuenta la historia del hermano muerto, y se hace por medio de un sueño, y cuando uno sueña no hay escenas en que uno no esté ¿no?, y aquí hay una en que el padre se despierta y ve la cuna vacía. Por último, me fastidia un tanto la desaparición del Custodio, que tiene un papel importante en la vida de Camino, que deja preguntas puestas (¿por qué su dolor si Camino no se siente pecadora?, ¿es sólo la previsión de la muerte?, poco apropiada su reacción para un ángel de la guarda) y de pronto desaparece de la película.
··········Termino, que estoy un poco pelma. Una película así, inevitablemente es un cuestionamiento de la religión, o de una forma de ésta que deja de ayudar a los humanos a soportar el dolor irresoluble de la pérdida, el duelo, para convertirse en una organización que se nutre de ese dolor para otros fines. Y sin embargo, no me parece una película militante. Admito que puedo equivocarme, pero salvo momentos concretos, me parece que esta película podría ser vista por militantes (¿afiliados?, ¿miembros?, ¿seguidores?) del Opus Dei sin ira. Las cosas que a quienes no estamos en esa forma tan peculiar de ver las vida nos sorprenden o indignan, a ellos les puede parecer el orden natural, donde vemos lavado de cerebro ellos pueden ver formación, donde vemos desprecio y segregación de la mujer ellos pueden ver una forma astuta de evitar el pecado, donde vemos el engrandecimiento de la Obra antepuesto a la salud de una niña, o la construcción forzada de la santidad, ellos pueden sonreír y decir para sí “pues claro, buen hombre, pues claro”. Si todo eso es posible, es porque la película evita prácticamente siempre la agresividad. A mí me resulta muy efectivo.