··········La desconfianza por el arte moderno que provoca en mí ese cuadro amarillo colgado en el museo Reina Sofía se me extendió hace tiempo a cierta fraseología que, de repetida, había perdido toda su fuerza metafórica, sobre energías y flujos, humanizando materiales, colores o elementos de la naturaleza (“siento la energía que me transmite el mármol…”, “recojo la expresividad del azul…”). Al propio tiempo (y vuelvo al cuadro amarillo o a aquella exposición de abanicos que provocó un escacharrante artículo de Rafael Sánchez Ferlosio) siempre me pongo en predisposición de husmear hasta localizar el capital, el dinero, el sujeto que siempre hay detrás, poniendo la mano, de ciertas formas de arte sufragadas por el dinero de todos gestionado por los políticos o por fundaciones de las grandes empresas para disminuir sus impuestos.
··········No se me oculta que detrás de todo esto está también mi incompetencia para las artes plásticas (sí, también para esas); “están verdes”, dijo la zorra. Bueno, todo este rollo previo para que se le dé valor a que esta película me desarma los prejuicios, me da una colleja y me dice, cállate y mira, estate atento y deja que te entre.
··········Es cierto que en algún momento aparecen “encargos” de “patrocinadores”, es cierto que queda claro que este hombre (Andy Goldsworthy) vive de su condición de artista, pero no me parece un pintador de cuadros amarillos con astucia para venderlos.
··········Bastaría decir que me gustan sus obras, es decir, que me resultan agradables a la vista, pero no es sólo eso. Me gusta cómo relaciona su intervención artística en la naturaleza con significados humanos (el tiempo recurrente, lo oculto que se expresa, pero también la introducción del ganado ovino en las highlands y su significado social, …), y cómo es más probable que llegue uno a ellos haciendo material y trabajosamente algo o al menos mirando con suficiente calma y atención.
··········Y esto de mirar bien, con atención, es lo que hace muy bien este documental. Me gusta que cada acercamiento a una de las obras de Goldsworthy pasa por un encuadre y un traveling que las coloca muy bien, las relaciona con el medio en el que están, y a la vez da fuerza a la ruptura que supone que un charco sea rojo, o que unas hojas de árbol estén sujetas con palillos, o que un carámbano atraviese una roca.
··········Salvo esa manera de buscar la obra de arte, de mirarla en su contexto natural, y de encontrar las otras obras que están ahí y que no ha hecho nadie, el resto del metraje la cámara se apoya en la cara del escultor, que es un tipo atractivo y expresivo sin aspavientos. No hay más que lo que él quiera contar, apenas algún letrero para situarse geográficamente, ni preguntas, ni biografías, ni terceros opinando (y poca gente, un pastor ayudando al parto de una oveja, algún momento de familia, algun mampostero). Y una música apropiada y bien colocada. Toda una experiencia.