··········Cuando yo empecé a ir al cine solo, una de las primeras veces que fui a ver algo diferente que la cartelera normal de los cines de Madrid, fue a una “semana cinematográfica” en el Centro Cultural de la Villa. Aún no he localizado cuáles fueron las que vi entonces, pero desde luego estaba la primera versión de “La huella”, con Michael Caine y Sir Lawrence Olivier.
··········Probablemente fue la primera película que vi en la que el guión era –o contenía- una especie de juego de trampantojos. Y disfruté con la sensación de que se habían burlado de mí tanto como del Sir. Pero, aparte de eso, y del teatral (no en términos peiorativos) duelo verbal de inteligencias, lo que más me gustó era un enfrentamiento de clase. Wyke soporta difícilmente que Milo Tindle le arrebate el amor de su mujer, pero esto es aún peor porque Milo no está a la altura, no es un rival, no es alguien digno, ni racialmente.
··········En esta versión, aunque ese tema también está presente, importa mucho menos, y me parece una pérdida. En todo caso, yo lo paso bien con el juego, con ese inglés de BBC, con esos dos actores (curioso el parecido de Jude Law con Gael García Bernal hacia la mitad de la película). Con una música apropiada. Y con la casa, claro.
··········Es curioso, porque siendo dos casas tan diferentes en una y otra película, ambas cumplen exactamente la misma función de marcar la diferencia cultural entre uno y otro personaje, y de “trabajar” a favor de uno de ellos.
··········Y el botoncito domótico, me lleva al repetido tema de la manía de los ingenieos industriales o diseñadores de pensar que cuantos menos pulsadores más fácil se controla un mecanismo. El que aparece en la peli, sin embargo, parece tener un funcionamiento conceptualmente original (¿actúa respecto al receptor más cercano?), pero eso sólo es útil en esta ficción.
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