··········No sé si voluntariamente o no, el autor de esta película pasa de transmitirme de una forma comprensible el porqué de haberla hecho. Vaya, a mí no me hace falta un porqué, pero prefiero que no haya uno a sentir que existe y, sin embargo, no me es accesible.
··········Se supone que lo que hay detrás es la necesidad por parte de Marc Recha de desconectar, esto es, de conectar de otra manera, con el trabajo que intenta hacer para recuperar la memoria, o el sentido vital, de un periodista anarquista, Ramón Barnils. Ahora bien, Barnils está ausente, y la ligazón con él es rarísima: se pretende relacionarle, de una forma confusa, con ‘el pasado revolucionario’. Por una parte, hablar de los tiempos en que la gente quería cambiar el mundo, hacer las cosas de otra manera, no se relaciona mucho con un hombre, Barnils, que nace en 1940. No sé nada de él, no sé si es un hombre del exilio o un combatiente en el interior, pero desde luego no pertenece a la generación revolucionaria, a la que creyó que de pronto se había abierto el hueco por donde era posible la revolución libertaria. ¿Por qué Barnils entonces? ¿De verdad dos cuarentones como los Recha protagonistas no habían conocido o adquirido el referente romántico y moral de los años treinta hasta que Marc conoce a un periodista?, ¿dónde estaba guardado entonces el dietario, la experiencia del abuelo combatiene en la batalla del Ebro? No sé, me parece como si hubiera desfases de veinte años.
··········Por ota parte, la relación de ese pasado que tanto ha afectado al autor, con el contexto que de verdad se narra en la película (un viaje de vacaciones en estos años de ahora), parece anclarse sólo en dos elementos, que también me patinan un poco. Primero, la batalla del Ebro y los restos con los que los viajeros van topando; pero nada hay más lejano de la revolución libertaria que el ejército del Ebro, que es, políticamente, la victoria, dentro del bando republicano, del orden, el posibilismo, el ‘ahora resistir y vencer, luego ya veremos’. Segundo, lo ‘libertario’ del viaje de los dos hermanos y de la vida de las personas que se encuentran; pero que dos tipos de esa edad se monten unas vacaciones al estilo de sus dieciocho años, se sustenta en parte en que uno, en su condición de artista viene a ser, como clase social, un profesional liberal, y el otro ha tenido con quién dejar a su hijo para irse de vacaciones. Claro que no todo el mundo a esa edad viaja así, pero no me parece una prueba de libertarismo. Tampoco la gente con la que tratan; una –la mujer del cámping- plenamente integrada en la vida laboral, los otros –el trompetista y la chica del principio- con una vida más alejada de los cánones; pero en los tres casos se trata de historias individuales de acomodación al medio, que me resultan completamente lejanas del combate colectivo al que asocio la verdadera condición libertaria.
··········Sin embargo, yo lo paso bien. Me gusta mucho cómo mira este hombre el campo, la mezcla de perspectivas generales que permiten ubicarse en un espacio abierto, los trávelin que muestran muchas veces la textura de las cosas, vegetales o minerales, y los planos que se quedan prendados de un árbol, un insecto, … Me gusta el sonido que va con ello. Por vista y oído entra la placidez del verano, el calor, el dulce abandono de la siesta. Me gustan las canciones, aunque no la insoportable manía de no subtitularlas (algo así como ‘la música es demasiado arte como para molestarla con una traducción, ha de sentirse simplemente’ y tal y tal; los diálogos no merecen ese ‘respeto’, las canciones sí). Y me gusta que se hagan películas así, tan personales como se quiera mientras sean hermosas, y que lleguen al circuito de distribución.
··········Puntuación para la bitácora de Pierre Miró: 6.
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